Musirrelatos, Rockólogos Y PoPemas Ilustrados (VIII)

Ilustración de Alejandro Díaz Paúl

Aprovechando los cantos de sirena de una posible vuelta de Oasis, el octavo capítulo de los Musirrelatos llega en forma de ficción en torno a los hermanos Gallagher. Liam y Noel, Noel y Liam. Capaces de lo peor y lo mejor. De dejar frases caústicas y destructivas para la posteridad, llenas de inmundicia y crueldad, al tiempo de otras que podrían publicarse entre las mejores de los más grandes del ripio mordaz y sardónico. Imposibles, pero necesarios. Impertinentes, conflictivos e inaguantables, pero auténticos genios del Rock y del Britpop. La polémica y la leyenda. El libro y la piedra. Pero por encima de todo, chavales que surgieron de los suburbios de Manchester, de padre maltratador y madre coraje, que han sido capaces de dejar para la historia de la música un buen puñado de obras maestras en forma de canciones. Una pinta a la salud de estos dos grandes cabrones.


Cuando das la razón a dos hoolligans de Manchester es que algo no funciona bien el el mundo. O más bien, en tu cabeza.

Ilustración: Alejandro Díaz Paúl.

Texto: Carlos Andrés.

«Liam es arrogante, borde, intimidador y un vago acabado. Es el tío más furioso que jamás conocerás. Es un hombre que va con tenedor en un mundo en el que sólo hay sopa… A diferencia de mis colegas, yo no he ido a rehabilitación: putos maricones…. Ahora me dedicaré a emborracharme y a insultar a tantos músicos de los 80 como sea humanamente posible… O me dejan escribir las canciones y somos superestrellas o se quedan aquí en Manchester por el resto de sus tristes vidas». Noel Gallagher.

 

«No hay ninguna duda de que soy el mejor… ¿Kurt Cobain? Fue un imbécil que no pudo soportar la gloria… El otro día Bono se me acercó y me dijo: “¿Cómo andas, hijo?”. “No soy tu hijo, pedazo de imbécil”, le contesté… Soy Liam Gallagher, de Oasis. Todo el mundo me envidia, y, si no, deberían… Puso toda su vida y todo su corazón en la música. Es el precio que hay que pagar por ser genial (Sobre Noel)… Estamos Lennon, Elvis y yo». Liam Gallagher.

 

Imagen de la web oficial de Oasis

 

Y lo que tenía que suceder… Sucedió.
Necesitaba confesión. Era urgente. Caminaba, confuso y tambaleante por Princess Street y de pronto un letrero de neón me iluminó interiormente. Comprendí. Era mi momento. Me sentía sucio y debía redimir por fin todos mis pecados. Oh, sí, dios; ¡TODOS!, grité.

5th Avenue, rezaba el cartel de la entrada. Es una revelación, me dije. Entré convencido de que en aquel gran templo de luces y sonido encontraría la calma que necesitaba, la guía espiritual que me sacara de toda esa miseria que me rebozaba en alcohol, drogas, hombres y mujeres ávidos de sexo y malos pensamientos, en los que llevaba sumido desde que estaba podrido de dinero.

No parecía distinguirse aquel lugar demasiado de los sitios que habituaba en los últimos dos meses. Paciencia, me repetía a mí mismo; los caminos del señor son inescrutables

Llegué a la barra después de lidiar con cuatro profesionales, dos tíos muy chungos, una chica oronda que me recordó a… (bueno, a nadie), y tres camellos muy simpáticos que me dijeron que era la hora feliz (En Manchester se prolonga durante tres días). Cuando posé mi codo sobre la madera pegajosa de la barra centenaria del local decidí esperar no sé bien a quién o a qué cosa. Si había llegado allí  de esa manera tan mística y cuasireligiosa es que el destino me tenía algo preparado. Algo importante, fundamental para el devenir de mi camino, en este espinoso camino de lujuria e ignominia en el que se había convertido mi vida.

Mientras aguardaba, me dije, qué de malo hay en tomar una pinta para calmar la sed de la espera. Me dije, también, sería de tontos desaprovechar la happy hour local de esos camellos tan simpáticos, y claro, puestos a decirme, me dije igualmente, sería de malnacidos no invitar a ese par de hijos de puta que se están peleando con el camarero y rompen vasos a ritmo de eructos.

En ese momento, vi proyectarse hacia mí una tenue, pero muy favorecedora luz cenital para mi figura, que provocó que me elevara por encima de todas las cabezas de aquella sala. Cabezas rapadas, con rastas, cabezas melenudas, con flequillos infames, engominadas, cabezas que parecían verdaderos zepelines, cabezas sin pelo; incluso cabezas cuadradas. También cabezas que no eran exactamente cabezas.

Cuando me quise dar cuenta ya había caído de bruces y estaba en medio de Noel y Liam. Ellos me acogieron como buenos samaritanos. Ellos me guiaron. Ellos me drogaron, me emborracharon y me metieron en dos peleas. Ellos me prometieron la gloria eterna. Yo decidí seguirlos. Me mostraron el camino. No era muy distinto al que ya conocía, pero me dije, qué cojones, es mi sino; aleluya, aleluya, cada uno con la suya… Me tocaron una canción, y como soy un maldito sentimental de mierda, me convencieron. Consiguieron que mi corazón dejara de llorar. Qué hijos de puta.

 

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