El Imperio del Perro devuelven al rock a su lugar: la primera fila

El Imperio del Perro
Portada del álbum de El Imperio del Perro.

El Imperio del Perro se sumergen a lo largo de 40 minutos en un álbum que acaba siendo un homenaje al género que cambió el mundo de la música: el rock.


No son indies, no son poperos, y no son punks… Al menos en su primer apellido, que no es otro que Rock. Hace unos días tuve una conversación que derivó en una preocupante conclusión: “el rock se está perdiendo bajo el garage, la psicodelia, el punk… Cada vez hay menos bandas de rock puro”. Evidentemente es una conclusión muy atrevida, pero el género ha perdido cierta vigencia entre tanta subetiqueta. El Imperio del Perro vienen para ponerle remedio, su álbum de debut homónimo es una declaración de intenciones, y lo que es mejor, una demostración de que el rock no está pasado de moda.

Antes de empezar con el análisis -canción a canción- he de advertir de que estamos ante una obra que ha de ser escuchada, escuchada y escuchada hasta donde nos dé nuestra voluntad. Pasa como con esos grandes libros que uno lee. Te dejan satisfecho pero sabes que no le has sacado todo el jugo, y acabas volviendo al lugar del crimen, a la primera página para repetir el ritual. La narrativa de El Imperio del Perro es casi perfecta, tiene el gancho de un best seller y el espíritu de un clásico.

“Mordiendo un hueso, sentado al fresco. Yo soy un perro, tú eres un cerdo. No me jodas”. Comenzar así un álbum, con una canción titulada ‘No me jodas’, denota rabia bien encauzada, porque El Imperio del Perro ha venido a comerse el mundo, el hueso más duro de roer que existe. La guitarra acompaña irritada al tema de sus portadores. Continúan con ‘Buitres’ uno de los primeros cortes que adelantaron. Si hubiera que definirlo de forma concisa usaría la palabra single: tiene todo lo que hit necesita. Es un disparo directo a tu cabeza que combina ritmos “lentos” con aceleraciones mortíferas. El ensamblaje es perfecto, porque ‘Buitres’ son muchas canciones dentro de una. En ‘Circo’, El Imperio nos da un respiro. Tiene el encanto del pop y parece querer describir a una sociedad que no deja de ser el circo que proclama el propio título. ‘Blanco Roto’ rompe por completo todos los esquemas y nos traslada desde el rock indie con matices poperos al rock punkarra. Ojito al riff porque sobre él gira ‘Blanco Roto’. Llegamos a la quinta parada, ‘La Gran Huida’, que amenaza con ser otro tema lento, pero estalla al primer estribillo. Tras la tormenta, vuelve la calma pero sin tregua. Marcando la batería un ritmo constante y que por momentos se vuelve de lo más bailable cuando se junta con los instrumentos de cuerda. Cierra la primera mitad del álbum ‘Os Odio a Todos (Humano)’. Como ocurre con ‘Circo’, hemos topado con otro acercamiento al pop de guitarras, perfectamente interpretado por Diego Cabeza, el vocalista del grupo.

’24’ abre la segunda mitad. ¿Estamos en el mismo álbum? Por supuesto, ahí tenemos a Diego más protagonista que nunca, y unos sorprendentes coros que contrastan a la perfección con respecto al conjunto. Pero que no cunda el pánico, El Imperio del Perro no pueden estar mucho tiempo sin dejar de ser unos gamberros, y ‘Ácidos, Polvos o Cristal’ es una historia la mar de buena. Una denuncia sobre la sociedad en la que vivimos, sobre las drogas, sobre la hipocresía: “olvida tus problemas, cámbialos por otros”. Tan sencillo como inútil y real. En este punto hay que hacer un inciso, e ‘Interludio’ es el mejor momento para ello. El Imperio del Perro hacen rock con raíces británicas, casi siempre sobrado de energía, pero hay un elemento importante en el álbum, que no es otro que la elección del orden de las canciones. Los sevillanos parecen buscar continuamente la sorpresa en su oyente, y en ‘Interludio’ llevan este arte al extremo. En primer lugar porque efectivamente, no te lo esperas. Y además lo hacen de una forma tan delicada, bonita, e íntima que se te reblandece el corazón. Dos minutos de verdadera paz, y otro punto más a favor de un vocalista que promete muchísimo. Tras esta parada técnica, reanudamos la marcha con ‘La Fiebre de las Cabañas’, que se introduce con un punteo al más puro estilo de los Dire Straits. Volvemos a la canción tipo de la agrupación: intro demoledora, y sucesión de valles y montañas en los versos y estribillos. ‘San Julián’ enlaza con el sonido más identificable de la banda, el que presentaron en sus epés previos, y el que les labró un nombre. Otra vez, se lanzan con fuerza en las guitarras, capaces de resucitar a un muerto. Se acaba el disco con ‘Sal de aquí’, una canción digna de anuncio en prime time que esta vez sí, se rinde al medio tiempo. Por última vez, El Imperio del Perro nos deja un estribillo con el que sentirnos identificados y perfectamente berreable en directo. Esto no va solo de escuchar, esto va de saltar y gritar también, hay que tenerlo claro.

Diego Cabeza (voz y guitarra), Javier Casanueva (guitarra), Pedro Ortiz (bajo y coros) y Juanma García (batería, percusión, y coros) han sido capaces de facturar un álbum que combina a la perfección elementos diversos, pero que se presentan bajo un envoltorio único. No tengo la sensación de estar ante una suma de canciones, siento estar ante un LP trabajado, mimado, y pensado hasta el último detalle, sin que haya nada de casual en lo que escucho. Diego sorprende gratamente con su voz, capaz de alcanzar diferentes registros interpretativos, que sumados a su guitarra y a la de Javier, conforman el corazón de su música. Pedro y Juanma hacen una labor exquisita tanto con sus instrumentos como con sus voces en los coros, otro elemento diferenciador.

Si te gustan bandas como Kasabian, The Libertines, Blur, Savages o QOTSA, estos jóvenes del barrio de San Julián de la capital hispalense, han sido capaces de tomar un sorbo de algunos de ellos y de otros tantos, mezclando britpop, con punk y pizcas de stoner, resultando un cóctel de marcado carácter rockero como no podía ser de otra forma. Larga vida a El Imperio del Perro, y larga vida al rock.

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