Sónida Festival, ¡qué bueno que viniste!


Ha pasado un mes desde que Madrid pudiera disfrutar de un auténtico planazo durante el emigrante ‘puente de la Constitución’. Parece mentira. La segunda edición del Sónida Festival se celebró en la (queridisisíma) sala Moby Dick durante los días 5 y 6 de diciembre y el cartel presentado ya hacía augurar dos días cargados tanto de gran música como de buenas intenciones.


Antes de empezar con la crónica en sí, agradecer a los organizadores del Sónida Festival sus ganas y su visión de la música y del panorama actual. Hago un brindis virtual porque este proyecto siga pudiéndose realizar edición tras edición. No es peloteo, pero cuando toca hay que decirlo. Y cubata en mano os digo que esto es así.

Después de mucho pensar, retrasos y gripes de por medio, llegué a la conclusión de que era poco práctico y excesivo el intentar hacer una crónica personalizada de los seis conciertos que se realizaron durante el festival (sesiones de djs aparte). Demasiados nombres, títulos, canciones y versiones con los que el lector (sí, tú, esa personita que disfruta tanto de nuestras crónicas como de saltar o enmudecer ante un concierto) podría sentirse colapsado. Y el colapso, queridos, fue nuestro ante la maravilla que tuvimos ante nuestros ojos. Ambas jornadas darían para hablar, entre caña y caña, sobre qué esperamos del panorama musical nacional e internacional y qué nos ofrece el (equivocadamente) definido como estilo indie.

La primera jornada del Sónida Festival se erigía, opinión personal, como el plato fuerte de la edición al contar con la presencia de una de las bandas más esperadas en territorio nacional: Motorama. Junto a ellos, el cartel se completaba con Wild Balbina y Fuckaine, ya conocidos nuestros. Las primeras en saltar al escenario fueron Wild Balbina, grupo gallego (bendita tierra) que, salvando las distancias, ofrece un estilo pop que bracea entre la versión femenina de Novedades Carminha (sin ese toque macarra tan simpático) y el surf coral. Oldies que con apenas un EP fuera ya tienen pegadizas canciones como ‘Eat Tacos’, de la que me declaro gran fan. La sala estaba a medio gas pero aún así ya puedo decir que cumplí un sueño: compartir concierto con el grandioso Julio Ruiz. En segundo lugar, aparecieron Fuckaine, quienes me demostraron que la segunda oportunidad tenía su razón de ser. Sin los aspavientos altovoltaicos de mi primera vez, el grupo ganó muchos enteros y acabó metiéndome en su bolsillo. Grunge y punk sucio, enérgico, oscuro, que tema tras tema va demoliendo tu cerebro. Con ganas de su primer disco, que sé que lo están fraguando ahí abajo en los infiernos.

Y para terminar, redobles, Motorama. La gente empezó a llegar e ir llenando la sala. Mucho hype entre el público, mucho chándal con bambas y sudaderas de tigres. La expectación ante el grupo ruso era palpable en cada uno de los que nos encontrábamos entre el público (benditas mesas para escribir libreta en mano las crónicas). ¿Y qué decir cuando esperas tanto a un grupo?¿Cómo expresar lo que sentiste en esa primera vez y no resultar un botarate ni un sentimentaloide? La formación subió al escenario, tan aparentemente sobrios ellos, y fue creándose el deshielo entre el público, la atmósfera y la propia banda, transformando el concierto en una enorme espiral en la que estabas atrapado y no querrías salir por nada en la vida. La voz de Vlad (he lost control) como única guía. Temas como ‘Alps’, ‘One moment’, ‘Compass’, ‘Wind in Her Hair’ (tema que no me cansaré de escuchar una y otra vez), ‘White Light’ o ‘To the South’ fueron pasando por el escenario a ritmo de banda sonora en una película que parecía haber sido escrita cuando Ian Curtis aún estaba vivo. Escenario en el que el público acabó subiendo para terminar la noche agradeciendo que Motorama sigan siendo ese grupo ruso que (casi) nadie conoce.

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