Los barceloneses Showarma i els falafels acaban de lanzar Elements, un álbum que mezcla ritmos, idiomas e historias con un fuerte componente sentimental y reivindicativo.


Toda receta tiene un ingrediente secreto, aquello que hace único al producto, y si no que se lo digan a Showarma i els falafels, una bomba que esconde el secreto de la autenticidad, la originalidad y el talento y que acaba de sacar disco, Elements, que si bien podría ser un perfecto homenaje a los cinco “elementos” masculinos que componen el grupo, realmente es la culminación de sus anteriores maquetas –Mar (2010), Terra (2011) y Cel (2014)- en el último componente de esta trilogía musical: el fuego.

El objetivo principal de la banda era contarnos un discurso sincero a través de sus canciones, compuestas sin prisa para un álbum que ha visto la luz después de siete años gestándose, pero donde lo importante no ha sido el cuándo, sino el cómo: disfrutando del camino. Las experiencias y los elementos de los que se han nutrido al seguir esta filosofía dieron forma al nombre del grupo, onírico y exótico, que no es más que la manera de llamar al kebab en distintos países, y les permitieron descubrir la gran variedad de géneros y estilos musicales que se concentran en el disco, yendo desde el rock al twist o de la rumba al reggae, aunque al fin y al cabo todo se acabe asentando sobre una base de música pop.

Algo similar sucede con las letras, que a pesar de que traten temas diferentes, la línea conductora que siguen es una: el amor. Las reflexiones abren el disco en “Voltes”, un tema que trata la esencia de la vida, las vueltas que da y las que damos nosotros, así como “Marroc”, que presenta una dualidad entre las estrofas de la canción, puro paisaje, y el estribillo, con un ritmo algo más lento y de carácter melancólico, aunque en ningún momento pierde su característico exotismo: “Viu al Marroc el meu record, com un sultà en l”harem; no vol tornar, que aquí és hivern” [Vive en Marruecos mi recuerdo, como un sultán en el harén; no quiere volver, que aquí es invierno]. Los retratos se prolongan en “El poble”, donde plasman todas las caras de la vida en un pueblo a lo largo de los años, exaltan su ambiente y lo presentan como un factor más para definirnos. Qué tendrá La Garriga para que le dediquen una canción, me pregunto yo, ¡que soy del pueblo de al lado! Rivalidades aparte, el ritmo es animado y hacen referencias al Edén y a la pintura nombrando a El Bosco y su Jardín de las delicias, culturilla que está algo escondida en el panorama musical actual y que es de agradecer. La última canción a encasillar dentro del grupo viajero es “Africa”, con una melodía inicial que recuerda a algún que otro ritmo de The Doors, acompañada por versos en inglés y francés, que a grandes rasgos tiene como protagonista a la codicia que fomenta las desigualdades sociales, aunque recalque algo que sí es igual en todos: los sueños, que nadie pierde, y la fuerza del amor.

Este sentimiento continúa su protagonismo en “Vive la vida”, donde nos cuentan una relación sentimental a través de viajes, recorriendo desde La Habana hasta Marruecos, pasando por Nueva York o Los Balcanes; así nos dan ritmo en un disco que, además de viajero, es alegría y positivismo en estado puro. Fantasean con la historia de Aladdín y gritan el carpe diem, aunque al fin y al cabo es una historia de amor como “Febre”, la quinta del disco, que detrás de una melodía extremadamente sugerente esconde una confesión de amor sincero, visto como una fiebre que no nos deja vivir ni morir, que es lo más fuerte que hay y es capaz de acabar con todo: “La febre de l”amor no em deixa viure ni morir, ni m”ha deixat mai. Pot amb l”enteniment i envela els ulls de vanitat, el teu petó és com un parany […] / No em canso mai d”estimar-te de la manera que puc” [La fiebre del amor no me deja vivir ni morir, ni me ha dejado nunca. Puede con la cordura y envela los ojos de vanidad, tu beso es como una trampa […] / Nunca me canso de quererte de la manera que puedo]. Quizá sea esa locura la que consiga que no dejemos nunca de querer a nuestra “media naranja”, una mitad de dudosa existencia para muchos, aunque parece que ellos la tienen muy clara en “Lo que te falta”, que entre risas y besos, su estribillo canta “lo que te falta lo tengo yo”. El amor cambia de escenario y se traslada al mar en “El pescador”, un tema con una música tan viva que resulta imposible no moverse, en el que tras la historia del pescador y su amada –convertida en portada del disco– se encuentran versos de esperanza y se da una visión de la música como elemento liberador.



De gritos y grandes mensajes se compone el álbum, así de claro lo dejan en “No tenim por”, donde el miedo queda arrinconado para expresar el reflejo de la cruda realidad en un tono al que si llamamos “sincero” nos quedamos cortos. En este séptimo track llega el turno de la canción protesta, donde más que una reivindicación lo que ofrecen es una revelación de pensamientos en toda regla. Piden una mejor vida y arremeten contra la Iglesia, la monarquía y los jefes cabrones, aunque no son los primeros ni serán los últimos. ¿Quién no se acuerda de aquel “ya no tendrás que soportar al imbécil de tu jefe ni un minuto más” que cantaban Amaral en la historia de sus amigos “Marta, Sebas, Guille y los demás“?

Cambiamos de tercio y nos encaminamos a la búsqueda de la tranquilidad en “Així”, otro retrato de la realidad en ese intento de vencer a la rutina y al estrés. Hablan de libertad y del deseo de un oasis de calma, y lo hacen, curiosamente, con finas descripciones de paisajes, dándole especial importancia al cromatismo del ambiente. En una línea musical similar se alza “Diuen i diuen”, aunque con rasgos más filosóficos. Basada en montar y desmontar los tópicos de la sociedad, la canción no es más que una reflexión sobre la vida en un plano general, donde se comentan aspectos como la fuerza del destino o la inexistencia de la verdad, dando a entender que vivimos engañados en un mundo donde todo es relativo. Los últimos segundos del tema son una auténtica explosión de positivismo, energía y felicidad, de ahí que cierren el disco, pero en esta ocasión yo acabo con las metáforas y la batería de elementos insignificantes con que nos comparan en “Somos tantas cosas”, desde chispas hasta gotas, marionetas de un sistema que nos convierte en seres que acabamos por perder nuestra propia esencia y no saber ni quiénes somos. Lo mejor de todo es que tienen razón, o al menos, sí lo tiene su estribillo:

Somos tantas cosas sin querer, somos tanto y tan poco a la vez, habitantes de esta esfera solitaria y azul somos, hasta que dejas de ser.

Y así, de doce canciones y cinco músicos se compone el disco debut de Showarma i els falafels, un magnífico estallido de ritmos, fantasías, verdades y poesía concentrado en una sola palabra: Elements.



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