Niño Burbuja se consolida en Madrid

Sigo soñando con Graceland. Así dice uno de los cortes que se encuentran en el pequeño gran EP que es Fortaleza, último trabajo publicado por Niño Burbuja. Graceland, ese lugar creado para la diversión sin ningún tipo de cortapisas. Un espacio donde el tiempo discurre sin causar estragos en la piel ni en la mente. Jauja. Así es como nos sentimos los que nos congregamos en el Charada Club (de baile) el pasado viernes. Como auténticos niños.

 

Con cierto retraso (entonamos el mea culpa), y tras la primera parada por los bares cercanos a la plaza de Santo Domingo, llegamos al Charada. Con las piernas ligeras y los oídos preparados para una buena dosis de música electrónica y, ojo que no es tan fácil como parece, de calidad. Como buen anfitrión, Dani (a los teclados) nos recibía en el improvisado hall de la entrada y nos abría la puerta hacia una experiencia extramusical. Tras pasar por las pesadas cortinas, bajamos hacia la pista de baile, pista en la que ya sonaban los últimos acordes de los teloneros, De Vito, cinematográfico nombre para la agrupación zaragozana que se dedicaba a servir de calentamiento a lo que vendría después.

Con la sala a medio gas y las rojizas marcas electrónicas de barras y techo del local, la música empezaba a instalarse en la intravenosa de los allí congregados. El público continuaba asomándose hasta llegar a una entrada más que decente. Tres cuartas. Lo suficiente como para no tener que pegarte con el vecino para bailar ni apenarse por lo que se están perdiendo el resto de mortales. Entre las despedidas de unos y las llegadas de otros, el ambiente incitaba a intercambiar opiniones, empinar codo o intentar acercamientos varios hacia las hembras solitarias que se atrevían a presentarse de tal manera en el concierto. Tras una prudencial pausa, y una vez ubicados cada uno de sus cuatro componentes, Niño Burbuja hicieron acto de presencia y dieron rienda suelta al desmelene.

A pesar de los pesares, de esa gente que va a los conciertos por el mero hecho de hacer acto de presencia y cuyo único afán durante el mismo es contar a voz en grito qué tal se maneja en la cama su último conquista, el ritmo y el buen rollo presente fueron más que suficientes para acallar a esas desafinadas voces. El concierto formaba parte de su gira de presentación de su reciente EP, Fortaleza, y después de estar allí sólo cabe decir que si te gusta el disco no dejes pasar la oportunidad de verles en directo. Como bien dijo mi acompañante, la electrónica comparte ciertas peculiaridades con la música clásica. Por ejemplo, la duda presente en el oyente sobre el final e inicio de cada corte. Niño Burbuja, con Cristian haciendo falsetes como nadie y el resto de la banda moviéndose independientemente en cada momento, fueron capaces de conseguir llevarnos a otro lugar. Niño Burbuja se ratificó como un grupo de espacios amplios. Era fácil imaginarse en alguna cala menorquina rodeados de azules cristalinos y fina arena. Las cabezas de rizos imposibles se movieron al ritmo de las percusiones mientras que algún valiente se atrevía a dejarse llevar por el momento y corear los estribillos de temas como Polar, Fuentes de energía, Llamp o su single de presentación, Fe. Electrónica fundida con un sonido étnico alejado de los ritmos tribales habituales, una perfecta navegación por influencias diversas sin caer en los tópicos ni en lo excesivamente rebuscado. En una palabra: calidad. Como broche final, la bajada de Dani al mundo de los mortales para hacer una particular performance en el falso final. La vuelta con un par de temas era de esperar puesto que todos nos hubiéramos quedado la noche entera escuchando y bailándoles. Nos tenían donde querían y lo sabían. No nos faltó pista de baile para bailar su canción.

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