Léeme un disco: “Por favor, mátame. La historia oral del punk”


Reseña de la enciclopedia punk recopilada por Legs McNeil y Gillian McCain, “Por favor, mátame. La historia oral del punk”


Yonquis, groupies asalvajadas, jóvenes ávidos de emociones fuertes, mitos destronados, violencia gratuita, Mesías egomaniacos, ruido musical. Punk. Iggy Pop & The Stooges, Ramones, Television, Lou Reed, The Velvet Underground, Nueva York, MC5, Patti Smith, Blondie, CBGB, Sex Pistols, New York Dolls. Punk. Todos ellos (y más) formaron parte de la bohemia urbana que comenzó a latir allá por 1965, según relatan Legs McNeil y Gillian McCain en su libro “Por favor, mátame. La historia oral del punk” (Discos Rudos). Un altavoz que recoge los testimonios de protagonistas, voyeurs y testigos de los bajo fondos de la música en una de las épocas más trepidante y autodestructiva de la cultura musical de la segunda mitad del siglo XX.

Sí, son todo eso que dices [geniales, fantásticos y maravillosos], y gilipollas también. Danny Fields

El punk no surgió por reproducción espontánea pero su auge y caída sí que fueron fulminantes en ambas direcciones. El destino hizo que en un mismo espacio temporal surgiera la necesidad de experimentar nuevas sensaciones, la convivencia permisiva con drogas varias y la búsqueda de identidad por vías fuera de lo establecidas. Un espacio donde las reglas daban urticaria y el pasado y presente olía a metralla y a rancio. Esos grises fueron el empujón necesario para que las mentes más productivas y sensibles empezarán a dar rienda suelta a sus entrañas. Andy Warhol. La Factory. The Velvet Underground. A partir de ahí, la música sólo atendió al camino del punk. Una vía donde se atendía a la urgencia con canciones de menos de tres minutos y a la instantaneidad del carpe diem en su vertiente más grotesca por medio de sus maneras de vivir.

Juventud, los jóvenes la echan a perder. Oscar Wilde

Después de más de cuatrocientas páginas, el lector posiblemente se encontrará en una disyuntiva si no peca de exceso de fanatismo hacia las malogradas figuras del punk: la piedad hacia aquellos púberes que jugaron a ser dioses y el rechazo ante actitudes tan marcadas por el exceso sin parar en sus consecuencias. Dudas de moral aparte, “Por favor, mátame. La historia oral del punk” sirve de compendio enciclopédico (no) al uso para dar visibilidad a un movimiento cultural que con el paso de los años ha ido comercializándose hasta convertirse en un producto descontextualizado. El mismo movimiento que actuó bilateralmente como culpable y testigo de las animales actuaciones de Iggy Pop, Dee Dee Ramone, Johnny Thunders, Sid Vicious y compañía supo ejemplificar como ningún otro una de las problemáticas que aún hoy continúan formando parte de la industria musical: la influencia de medios de comunicación y discográficas en el ensalzamiento y creación de monstruos del marketing. El chasquido de dedos es ejecutor en ambas direcciones y tan rápido sueltan diez de los grandes para conseguir la mejor cocaína de Nueva York como para condenar las brutalidades líricas, políticas y de actitud vetando nombres en emisoras hasta nuevo aviso. Junto a ello, la posición victimista en ocasiones exaspera, igual que impresiona la libertad sexual y vital de la mayoría de implicados en la movida. El punk fue un estilo avocado a su final desde sus orígenes y donde la música era un mero conductor de una filosofía de vida pendiente de la urgencia por conquistar emociones fuertes. Vivir para morir. Nada mejor que fijarse en una de las fotografías que ilustran los (no) diálogos de “Por favor, mátame. La historia oral del punk”: William Burroughs, un porro y un titular para la historia.

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Fotografía realizada por Kate Simon en 1995.
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