David Bisbal, de triunfito a hijo del mar


David Bisbal vuelve a la radiofórmula con Hijos del mar, un nuevo trabajo encaminado al pop electrónico, aunque no consigue dejar atrás su latino sello de identidad


Los que ya nos conocéis sabéis que en El Ukelele siempre estamos a la última. Nos va lo indie, el rock y hasta “La Panto”, y como somos gente de extremos, no podíamos olvidarnos de los “triunfitos” (según la RAE: Dícese de alguien que participó en alguna de las ediciones de OT -e incluso hasta en dos, véase Geno-).

Después de dos años sin nuevo material discográfico y siguiendo encasillado en los éxitos que le llevaron a la fama (sí, tú también estás pensando en ‘Bulería’ y ‘Ave María’ con salto y giro incluidos), David Bisbal acaba de estrenar álbum: Hijos del mar. El acto de presentación tuvo lugar en un crucero en el puerto de Barcelona, donde el almeriense declaró que en este disco hay “un sonido diferente”, que nunca había hecho hasta la fecha, algo motivado por la voluntad de acercarse “a la actualidad musical”, como él mismo añadió. Si bien es cierto que Hijos del mar sigue una línea más próxima al estilo electropop, algo distinta al carácter acústico de su anterior trabajo o a los ritmos latinos que siempre han marcado su identidad, en los rescoldos de varias canciones del álbum todavía quedan reminiscencias de un estilo al que podríamos denominar “Bisbal 2003”. Aunque, en base a sus declaraciones, parece ser que se resiste a reconocerlo, y esperemos que si lee estas líneas siga con el mismo buen rollo que el que mostraba el otro día junto a Eva Amaral en los Premios 40…

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Después de esto solo cabe esperar que no haya una colaboración Bisbal – Amaral, pero vayamos al grano. El disco arranca con un tema caracterizado por uno de los ritmos más latinos de las 10 canciones que componen el LP: ‘Fiebre’. Pegadiza y bastante repetitiva, es una de esas canciones tan prototípicas de Bisbal que parece que suenan todas igual, a pesar de que el inicio pretenda sugerir unos sonidos más electrónicos y oníricos. Comercialmente, es una de las canciones que salvan el disco, así como ‘Antes que no’, el  single de presentación, aunque para variar, esta no habla de amor. Este tema es el cuarto en el tracklist, una posición estratégica, al ser la fórmula que nos libra de quedarnos dormidos por las dos canciones que le preceden: ‘Lo tenga o no’ y ‘Camino a la verdad’, el turno de las lentas, a las que si eliminamos la pista de voz son lo más parecido a melodías extraídas de un recopilatorio de temas Chill out.

A partir del ecuador del disco, tendrá lugar una sucesión alternativa de temas bailables con otros más pausados. En este bloque nos encontramos con ‘Duele demasiado’, una canción lenta que rompe en un estribillo con algo más de fuerza como intento de salvación, pero se queda corto, así como la calidad de la letra, una repetición constante que tan solo persigue esa voluntad de conseguir la rima fácil. Es más, podría ser incluso una muestra de la pérdida de identidad de Bisbal, y es que como te despistes en el estribillo, te asaltarán serias dudas sobre si estás escuchando a Bisbal o a Bustamante. El final del tema es altamente reiterativo, y cuenta con varios de esos “derroches de voz” que muchos consideran condición sine qua non para otorgar la garantía de discazo y de vozarrón, pero no. Esto mismo sucede en una canción posterior, ‘Yo te enseñaré a olvidar’, muy similar a las demás y hasta al clasicazo de OT1 ‘Escondidos’, pero esta vez no nos gusta, porque no está Chenoa.

El contrapunto a todo lo visto lo marcan las dos últimas canciones con “salsa” del álbum: ‘Hijos del mar’, que da nombre al disco, muy parecida a ‘Fiebre’ y con juegos excesivamente simples de antónimos (“Seguir, nunca parar” / “Perder para ganar”), pero que podría convertirse en el próximo hit del verano 2017, como ‘Mi norte es tu sur’, una de esas canciones que parecen un remix total y absoluto de una primera versión medio decente. Y por último, el disco queda cerrado por dos pistas algo más tranquilas: ‘Fue nuestro amor’, con un estribillo muy propio de película de Disney y una base instrumental que podría encajar perfectamente en el hilo musical de Zara, y ‘Una palabra’, con un comienzo sorprendentemente más acústico, que da la impresión de que va a empezar a cantar Russian Red (pero no), y un ritmo que recrea hasta un ambiente navideño, más próximo al nuevo anuncio de turrones Suchard que al cierre de un disco de Bisbal. Aun así, en la mayoría de canciones puede percibirse un aire “marino”, todo un honor al título de este trabajo, que nos deja un sabor algo agridulce, quizás por su falta de circularidad, al tener una columna vertebral que mezcla continuamente ritmos sosegados con otros más enérgicos y latinos.

De esta forma tan dispar queda hilada esa decena de canciones que dan forma al último trabajo de David Bisbal, diferente, pero con ese gustillo que te acaba recordando a las canciones de sus inicios, aquellas que tú también bailabas y tarareabas en el chiringuito de la playa. Por todo eso y por esa portada tan inspirada en La Sirenita, dale una oportunidad y escucha el disco, ¡no nos hagas tú también la cobra!

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