The Smashing Pumpkins en el ARF


Grande era la expectación creada y las ganas de disfrutar de una de las bandas, sin la que no se podría entender la música de los 90: The Smashing Pumpkins.


Tras casi 20 millones de discos vendidos y con una trayectoria de más de 20 años donde han llenado estadios y recibido infinidad de premios, llegaban a Vitoria después de su paso por Barcelona. Dos únicas actuaciones de la banda en España, donde los chicos de Billy Corgan nos mostrarían los temas de su último trabajo Oceanía, publicado en el 2012, junto a los grandes éxitos que les han encumbrado a la fama.

Sin embargo, no solo no cumplieron con las expectativas, si no que terminaron aburriendo al personal que no esperó a que los de Chicago acabaran el concierto y buscaron consuelo en la zona de la barra del bar.

Y eso que los de Corgan empezaron el concierto en su linea, tirando de sonidos psicodélicos de syntes y guitarras sobre distorsionadas, con los que estaban seguros de llevar al público al delirio y meterselos en el bolsillo. Continuando con la exitosa ‘Bullet with butterfly wings’ y con unas pantallas a modo de pirámide sobre el escenario, donde proyectaban figuras geométricas y calaveras . Versión muy acelerada, donde el batería Mike Byrne no estuvo muy acertado y parecía atropellarse continuamente, sin llegar a sentirse cómodo dentro de la canción. Y fue entonces cuando todos los allí presentes supimos que la banda no estaba en su mejor momento y nos temimos lo peor.

Pero Myke volvió a la carga otra vez en ‘Starz‘, probando con un tema más reciente y tratando de calentar al público con un solo de batería, donde volvió a errar el tiro, por el uso excesivo del doble bombo que acabó por arruinar toda la canción.

Parecido sucedió con el excelente tema ‘X.Y.U.’, donde la banda siguió sin conectar con el público, a pesar de que utilizaron el truco de recrearse en acoples con pedal Delay, aunque a Corgan no parecía inquietarle lo más mínimo. Ni si quiera intentó provocar con gestos a un respetable cada vez más apático y al que le costaba arrancar algún aplauso entre canción y canción.

Solo cuando le tocó el turno a ‘Cherub rock’, la gente pareció responder positivamente y, es que, los temas de siempre nunca fallan, aunque no sonó con el brillo que debiera. No sé si en algún momento se llegaron a plantear el sin sentido del ruido por el ruido, cuando el público espera más de tu música. No estuvo tampoco muy acertado con sus riffs el guitarra Jeff Schroeder, que prefirió los punteos macarras a otros más melódicos y apropiados a las canciones. Una pena. Por no hablar de Nicole Fiorentino, que en más de una ocasión llegamos a dudar seriamente de que su ampli estuviera enchufado. Si se hubiera quedado en el hotel podría haber aprovechado la mañana siguiente para degustar unos buenos pintxos en el casco viejo vitoriano y algo bueno se hubiera llevado de su paso por la capital alavesa.

Seguramente, uno de los momentos más esperados de la noche iba a ser la llegada de ‘Tonight, tonight’, que precedida por las campanas y violines de ‘Disam‘, tema que irá indiscutiblemente unido hasta el final de los tiempos, y que todo seguidor de los Smashing desea guardar en sus retinas, aunque sea una vez en la vida. Aquí si, la gente cantó a placer y disfrutamos de el mejor momento del concierto, aunque no sonara tan épico como personalmente lo esperaba. Las imágenes de la película ‘Viaje a la luna’ de Georges Méliés proyectadas en las pantallas, acompañaban perfectamente a la canción, convertida en icono y bandera de la banda.

Y hasta llegó todo, ya que a continuación eligieron varias canciones de corte más melódico e intimista, donde la oscuridad del escenario acabó por apagar toda esperanza del público. Es justo admitir que fue el tramo más armónico y de mejor sonido de todo el concierto, donde Corgan olvidó por un momento la guitarra y se dedicó a las melodías de piano, con bastante acierto. Mención especial a una cuidada versión de la conocida ‘Space Oddity‘ de Bowie.

La llegada del tema ‘Ava Adore‘ volvió a encender otra vez al público, cada vez más escaso, pero que se negaba a arrojar la toalla, conocedores de que delante tenían una banda cuyo prestigio es innegable. Fue la mejor interpretación del repertorio, seguida muy de cerca por Zero, donde las guitarras supieron estar a la altura y la canción no se ensució demasiado, como había ocurrido hasta entonces.

La pena fue que, cuando parecía que la cosa todavía se podía salvar, llegó la última canción de la noche. Comenzando con un solo de batería de ritmos tribales, mucho follón de guitarras donde cada una iba por su lado, pero que conseguían el efecto de ruido delirante tan característico de la banda… y se fueron. No hubo más. No hubo bises. The Smashing Pumpkins dejaron el escenario tan rápido como pudieron, sin apenas esperar a los silbidos que les dedicaron parte del público.

Nos quedó el mal sabor de boca de haber asistido al concierto de una de las más importantes bandas de los 90 y no haber visto el brillo que una vez tuvieron. Esa chispa que les hacía diferentes pareció haberse apagado. Y lo peor es que pareció no importarles mucho, a juzgar por el poco interés que demostraron por conectar con la gente.

 

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