Cuando The Doors abrieron las puertas de la percepción


El 4 de enero de 1967 se publicó uno de los mejores discos de la historia: The Doors. El debut homónimo de la banda angelina ha pasado a la historia como un álbum diez, como una puerta a un mundo infinito.


Quizás una de las características más interesantes de The Doors es que fue grabado cuando la psicodelia era todavía un sueño, un concepto que navegaba por el mundo de las ideas. Corría el mes de agosto de 1966 cuando la banda se metió en el estudio, siendo desconocida, para acabar completando una metamorfosis legendaria. The Doors fueron capaces de crear un cuadro de mil colores, que si bien tiraban hacia los tonos más oscuros, venían de una fuente que abarcaba el jazz, el blues y el pop. El efecto multiplicador de la psicodelia hizo el resto. Probablemente nunca escuchemos nunca nada igual y eso se puede decir de pocos grupos.

Jim Morrison, Ray Manzarek, Robby Krieger y John Densmore se convirtieron en el acto en parte de una formación mítica, en la que todos eran verdaderos virtuosos, pero en la que destacaba sobre todos Jim Morrison. Morrison es el icono, el mito, la leyenda, aunque sin Manzarek, Krieger y Densmore aquel sueño nacido en Venice Beach jamás hubiese existido. Densmore aportó su formación jazzística, como también hizo Krieger, que también le puso el toque flamenco y enrevesado. Sus riffs son historia -injustamente valorada- de la música. Manzarek era una pata muy importante del tablero, probablemente igual de importante que Jim, puesto que era el pegamento que unía a la banda. Por supuesto, musicalmente hablando, era un genio y el sonido de su teclado retumbará en nuestras cabezas para siempre, y no solo relacionado con The Doors, sino con la música de la década de los sesenta en general. Y claro, falta Jim Morrison, el compositor, el conquistador, el Rey Lagarto. Su voz grave, sus improvisadas interpretaciones, sus extrañas pero poéticas letras, su reverso oscuro… Morrison es la cara de la década, el presidente del club de los 27.

Con estos antecedentes se coció el primer gran disco de 1967. Resulta difícil imaginar qué pensó la gente cuando el disco se abrió con ‘Break On Through (To The Other Side)‘, un canto al exceso y un verdadero hit rockero. No hay descanso en la búsqueda del otro lado, las pausas en el tema solo sirven para acelerar más, para alcanzar el éxtasis. Tras ella llega el freno de ‘Soul Kitchen‘, un corte brillante y relajado, californiano y moderno. El teclado de Manzarek hace magia aquí manteniendo la canción con unas constantes vitales inmejorables todo el tiempo. ‘The Crystal Ship‘ ahonda más en el lado misterioso de la banda, ese que explotarían del todo en Strange Days y que los haría únicos. Manzarek y Morrison dan lo mejor de sí mismos en un tempo inusualmente lento.

The days are bright and filled with pain. Enclose me in your gentle rain. The time you ran was too insane. We’ll meet again, we’ll meet again.

Con ‘Twentieth Century Fox‘ vuelven a retomar el vuelo a través del pop, con Jim bordando una vez más su interpretación y con la aparición de la guitarra de Krieger. Los de Los Ángeles se muestran especialmente mordaces, lanzando un mensaje meridiano tanto a la modernidad como a la famosa empresa. ‘Alabama Song (Whisky Bar)‘ es una de las versiones del disco y un ejemplo de cómo apropiarse de una canción. El órgano aquí es clave puesto que casi hace la función de la percusión además de la suya propia. La primera mitad del álbum termina con ‘Light My Fire‘, una de las canciones top de The Doors. Alegre, risueña, irreal, festiva… ‘Light My Fire’ se crece a cada segundo, con un órgano agudo y penetrante, con un solo de guitarra que encaja como un guante y la batería manteniendo todo el conjunto. Morrison lo remata volviendo sobre sus pasos. Espectacular.

El lado B lo estrena ‘Back Door Man‘, un blues original de Howlin’ Wolf que demuestra el talento de cada músico que participa en ella. ‘I Looked At You’ la sigue y habitualmente es criticada de forma negativa. Sin embargo hay que anotar la importancia que tiene a la hora de consolidar el sonido de la banda, a medio camino entre el pop, el rock, el blues y el jazz. ‘End Of The Night‘ aparece tímida, serpenteando, haciendo el papel de ‘Crystal Ship’ de este lado. Sin embargo aquí el “silencio” es más acuciante, la sensación de agobio por esa interminable noche se hace presente. ‘Take It As It Comes‘ anuncia la llegada del final, alegre y pizpireta, con un estribillo coreable y un final abrupto. Porque tras ella aparece ‘The End‘. Sinceramente, hay que tener muchas agallas para anunciar tan a las claras el final. La apuesta fue fuerte y el acierto les deja un premio llamado posteridad. ‘The End’ nace de una jam, de la improvisación y del genio de Morrison para darle un significado. Sorprendentemente, si nos detenemos en ella percibiremos que no tiene grandes adornos, que carece de matices, que es muy larga… Se puede decir todo eso sí, pero la música acaba siendo sentimiento, y en este terreno estamos ante un verdadero agujero negro emocional. ‘The End’ te atrapa en una atmósfera oscura y siniestra bien creada a partir de un tempo lento y un instrumental que clava hasta las disonancias. El tono apagado, lúgubre del teclado, unido a los slides y bendings de la guitarra van minando poco a poco la resistencia. Estás dentro de ella sin saberlo. Entre sonidos orientales, que parecen traídos de la India, vamos relajándonos poco a poco hasta que Morrison se crece y:

Mother… I want to fuck you.

El muy cabrón nos ha metido una explosión de placer con una frase que nos horroriza. Finaliza Jim con la plegaria de todas las noches: «This is the end».

Resulta complicado asimilar del todo lo que acabamos de vivir, casi tres cuartos de hora de magia propagada por ondas mecánicas a través del aire. Vibraciones que nos reconcilian con el universo, llevándonos un poco más lejos, alcanzando una paz que parecía reservada al final de nuestros días. The Doors reventaron los Estados Unidos de América con esta maravilla, que acabó traspasando fronteras para hacerse mundialmente famosa. 1967 solo había acabado de empezar y ya tenía un clásico atemporal en su haber.

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