Syd Barrett Tales: Doctor Strange & The Stars
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La historia siempre nos depara encuentros extraños, reuniones que navegan entre el mito y la leyenda de sus protagonistas. Este es el relato de cómo Syd Barrett y Stephen Strange se conocieron.

Parker’s Piece estaba vacío y apenas había tráfico en East Road. El tiempo no acompañaba como era habitual en aquella época del año. Cuando no era la lluvia, era el viento helado el que abrazaba a la vieja Cambridge. Sin embargo, esto no era ningún impedimento para que yo, Stephen Strange, disfrutase de su tiempo libre en la ciudad británica. Era sábado y actuaban The Stars en el Dandelion Café, un coqueto local que además del brebaje que le daba nombre, servía el clásico té inglés y comida vegetariana. Sabiendo cómo se las gastaban por esos lares, no dudé en pedirme una pinta de Greene King, para bebidas calientes ya tenía las de Nepal. En esos instantes iniciales intuía que ese concierto iba a ser uno de los últimos de un músico al que idolatraba, un artista que le puso banda sonora al momento que me cambió la vida –el casi fatal accidente de coche- y del que guardaba una camiseta de su primer álbum en solitario. Ese compositor, guitarrista y cantante no era otro que Syd Barrett, antiguo líder de Pink Floyd, un tipo que en aquellos momentos, ya sin adicciones, para algunos seguía perdido en la inmensidad del cosmos.

The Stars Syd Barrett Poster
La trayectoria de Barrett estaba llegando a su fin. Tras su salida de Pink Floyd y sus desganadas intentonas en solitario, estaba cerca de ver cómo se apaga su titilante llama terminaba por apagarse. Pese a todo su huella en la historia musical estaba ya creada, su obra había trascendido para siempre. La creación del rock espacial es aún hoy un misterio, ¿cómo salió aquel sonido? Aún hoy es complicado explicar, paso a paso, de dónde surgió la música espacial, pero la nebulosa que dio lugar al todo está compuesta por ingredientes como Joe Meek, Dan Dare, Doctor Strange, viejas producciones de ciencia ficción de la BBC, el LSD, sin dejar de lado otros –desconocidos aún- que a buen seguro contribuyeron a crear uno de los géneros más inexplicables de la música. Porque… ¿A qué suena el espacio? Syd Barrett se encargó de ponerle la chincheta a una etiqueta que cualquiera pudo haberse apropiado. Lo hizo creando un tema de lo que acabó siendo rock espacial que llevaba letra: “Astronomy Domine“. Para apuntillar el concepto y evitar despistes, “Interstellar Overdrive” le tomó el relevo como primera canción de la cara b del debut de Pink Floyd: The Piper At The Gates of Dawn. Lo que ha llegado después en el género nunca ha superado a los originales.

Había llegado muy temprano, un hecho que no tenía mucho mérito porque tenía en mi poder el Ojo de Agamotto. Estaría bien que alguien con súper poderes llegase tarde… El escenario aún estaba terminándose de montar por John Alder, al que todos llamaban “Twink”. Era el baterista del trío que incluía también a Jack Monck. Todos venían rebotados de alguna parte, algo que me gustaba, tenía su punto romántico,en cierto modo me veía reflejado en esos incontrolables giros del destino. Twink había sido el batería de Tomorrow, una banda que llegó a sacar un notable disco en 1968, que incluyó un temazo como “My White Bycicle” que estaba entre mis preferidos. Pero aquella aventura no acabó bien. Monck era un maestro del bajo enamorado del jazz que estaba ante una de sus últimas oportunidades de triunfar en una banda. Barrett había dejado su Fender Telecaster negra y su ampli en el fondo del escenario, lugar que ocuparía más tarde. Mientras ese momento llegaba, permanecía sentado mesándose la barba escudriñando el infinito.

Syd Barrett The Stars
Syd Barrett tocando en su etapa con The Stars.

Syd Barrett ya había estado allí, en el infinito. Su obra iniciática, The Piper At The Gates Of Dawn era un viaje en sí mismo, con la particularidad de que comenzaba y acababa en el mismo lugar visto desde perspectivas muy diferentes: de la del espacio de “Astronomy Domine” a la de la habitación de “Bike“. Comenzó Barrett contando su perspectiva del universo a través de sus ojos para acabar describiendo desde dónde hacía esas observaciones. No necesitó grandes poderes para viajar desde sus caóticas habitaciones en el 39 de Stanhope Gardens, el 2 de Earlham Street y en el 101 de Cromwell Road. En aquella época no era necesario salir de Londres para tales fines, hoy probablemente tampoco. Con trazos infantiles y juveniles, el cóctel del Piper se había convertido en una bomba surgida de la escena underground londinense, que paraba en las estaciones más populares de la contracultura londinense sin huir de los clásicos británicos. Gnomos, su majestad, teléfonos con teletransporte, gatos diabólicos, espantapájaros y hasta hombres de jengibre, se movían por aquellas paradas mientras leían el I Ching. Syd había creado un mundo mágico, de un modo casi quijotesco, consumiendo cultura y ácido. El problema es que ya sabemos cómo acabó el Ingenioso Hidalgo: muerto y aterrado por la realidad.

Sentado, continué mirando a aquel joven de 26 años que ya había saboreado las mieles del éxito, girando por todo el país, con incursiones en la Europa continental y por los Estados Unidos, pero que ahora estaba en un humilde local de su Cambridge natal. «En otros tiempos me hubiese gustado poder ver esa cabeza por dentro», me sorprendí pensando. No intuía maldad en él, pero había algo oscuro que lo rodeaba y que quedaba simbolizado en una mirada que traspasaba el alma, incluso la suya. Se me heló el alma cuando nuestros ojos coincidieron, no esperaba un contacto así, tan directo. En ese mismo momento, Syd se levantó y se dirigió hacia mí con sus particulares andares. «¿Le conozco?» preguntó burlón el músico. «Posiblemente, pero no creo que lo sepa», contesté serio. «¿Viene al concierto?», me volvió a cuestionar Barrett. «Sí, me gusta mucho su música y quiero conocer a estas nuevas estrellas» respondí. «¿Le gusta el nombre del grupo?» dijo Syd con una medio sonrisa. «Me parece adecuado», concluí mientras echaba un trago de cerveza. Syd volvió a fijar sus ojos sobre los míos y salió del local. Me llegué a sentir algo aturdido, aquella mirada, con su profundidad, era capaz de parar el tiempo. Tras escapar de aquella familiar sensación, apuré su pinta y pedí otra, el concierto merecía ser regado con una buena IPA. Al llegar a Cambridge temí por un posible intercambio de palabras con Barrett, sabía que su carácter, de primeras, podía no gustarle al joven guitarrista y más si su estado no era óptimo. Pero Syd parecía alegre, con ganas de tocar e incluso se había mostrado extrovertido.

El 20 de enero de 1968, superada la loca efervescencia del Piper, Pink Floyd actuó por última vez con su líder y fundador. La relación quedaría del todo rota para marzo y en abril se anunció de forma oficial que volvían a ser un cuarteto sin Syd Barrett. Tras la separación, el músico continuó con su carrera, grabando The Madcap Laughs (¿o es The Mad Cat Laughs?) y Barrett. Ambos discos han dejado una gran huella, contribuyendo a completar el mapa sonoro y lírico que tenía Syd en su cabeza, y mostrando su estado en aquellos años. Su “fuga” del escenario del Olympia Exhibition Hall terminó por sepultar una carrera que podría haber sido más legendaria si cabe. Barrett cultivó en su época post Floyd un pop de autor delicioso, con letras que encogen el corazón, sin olvidar su creatividad en el arte del collage, usando referencias de otras obras. A la guitarra demostró que era capaz de mantener él solo una canción, un disco y hasta dos discos con melodías de estructura atípica pero certera. Su voz, quizás su arma menos potente, terminó por construir un conjunto perfecto basado en la propia imperfección, en esas disonancias tan típicas suyas. Donde otros chirrían, él introducía sus versos recitados con suavidad aunque haciéndose notar. Esta etapa, que podía haber sido más relajada, con menos presión, con menos viajes, con menos prisas en el estudio, no acabó siendo así y Barrett dio otro paso en su vuelta a casa, el que acabaría desembocando en Cambridge y The Stars.

Syd Barrett The Stars Twink Monck
Twink y Monck actuando con Syd Barrett en The Stars.

Me levanté para conversar con Twink, que vino a confirmarle lo que sorprendentemente había notado, que Syd estaba bien. Tras saber que habían estado ensayando y que tenían varios conciertos en mente, iba a ir a sentarme, sin embargo vi a Barrett con un aparato de grabación, que estaba colocando en el escenario y sentí la necesidad de volver a preguntar. «¿Vas a grabarlo?» a lo que el cantante y guitarrista contestó con un sorprendente «Siempre lo hago». ¿Sería verdad que Barrett había vuelto al mundo de la música? No había pasado tanto desde sus discos en solitario. «Perdona si insisto mucho, pero… ¿Qué tocáis? ¿Material vuestro?», Syd entre risas le dijo que no, que tocaban viejas canciones de su grupo, algunas canciones que había grabado en solitario y que también improvisaban. Parecía que había logrado reconciliarse consigo mismo, con sus peores años y ahora, bien acompañado, estaba una vez más deshaciendo su camino. La perspectiva era inmejorable en aquellos instantes: un grupo de buenos músicos, un líder creativo e ilusión por tocar. Los viejos Floyd no iban a volver nunca, pero de aquel trío podía nacer una bonita relación musical. «The Stars…» musité en voz alta, sonaba tan bien…

Ahora, cuando uno lee los apuntes que el Doctor tomó mentalmente durante el concierto y que posteriormente anotó en sus libros –algo poco habitual porque estaban centrados en la magia-, entiende el magnetismo que poseía Syd Barrett y también por qué aparece el episodio por escrito. El pasaje del diario de aquel día continúa y reza lo siguiente:

Comenzó el concierto y el trío sonaba de miedo. Barrett tocaba mejor que en su época del UFO, más calmado, llevando mejor el ritmo y subrayando sus mejores frases con un slide no apto para todas las manos. Los acordes de “Lucifer Sam” levantaron al personal presente, «That cat’s something I can”t explain…», el clásico de Pink Floyd retumbaba en el pequeño y hippie Dandelion. También sonaron grandes temas de sus álbumes en solitario como “Waving My Arms In The Air” y la espectacular “Baby Lemonade“, cuya intro Syd clavó en mi corazón y en el de todos los presentes. De buena gana habría salido a proclamar a los cuatros vientos que había vuelto el espíritu original de los Floyd, pero no quería perderme nada. La banda continuó tocando versiones hasta cerrar su actuación con una relajada jam bluesera de aires espaciales, muy clásica pero con dejes de otro mundo, bien creados a través de unos marcados bendings. Durante el concierto, además, había un hombre haciendo fotos. Si la voz ya se había corrido por Cambridge, poco tardaría en llegar la noticia a Londres. Quizás si salía bien el concierto con MC5… Terminó el concierto y escapé del local, necesitaba aire sin humo y por qué no decirlo, esbozar una sonrisa de satisfacción por lo vivido y asimilarlo todo. En esas, mientras estaba fuera, salió Syd, que nada más acabar había estado hablando con “Twink” y Monck. «¿Ha estado bien no?» me dijo entre calada y calada. «Muy bien, relajado como un ensayo pero con la magia de canciones mágicas» le contesté sonriente.

– Sabes, te veía mucho mientras vivía en Londres –me soltó Syd.

– No lo creo, pero quizás en el futuro podamos vernos más veces si The Stars siguen así.

– Sé quién eres, viajaba mucho en aquella época.

– Me temo que te estás confundiendo, aunque es posible que nos hayamos cruzado alguna vez en algún concierto.

– Stephen –dijo Syd con una sonrisa sincera-, sé que me conoces… En Londres viví cosas increíbles, cosas que muchos hombres jamás creerían. Supongo que conoces a Charan Singh Ji y sus enseñanzas. Digamos que yo fui demasiado lejos… El maestro tenía razón cuando me dijo que no estaba preparado.

El corazón me palpitaba de tal forma que parecía que se me iba a salir del pecho. ¿Cómo me había dejado atrapar tan fácilmente? ¿Cómo iba a salir de aquello?

– No te he dicho mi nombre, así que me conoces, sí. Roger, puedo llamarte así, ¿no? Si sabes quién soy, sabes que puedo ayudarte en tu viaje. En Nepal…

– No Doctor, ya lo intenté con Wong…

– ¡Conoces a Wong! –interrumpí.

– Hace un par de años… No fue posible. Siempre habrá una parte de mí atrapada en el lado oscuro…

– Sé que hay algo muy bueno en ti Roger, puedo notarlo. Tengo que irme ya.

– Adiós Stephen –sentenció Syd mientras volvía al local.

No había sido consciente, pero al final, aquella mirada que tanto me había sorprendido, profunda como agujeros negros en el espacio, era capaz de absorber la luz que el diamante emitía. Me sentía mal por no haberme dado cuenta en el momento, por haberme dejado descubrir. No podía volver a pasar nunca más, esta vez sería la última en arriesgarme tanto.

Y así fue, el Doctor nunca más se expuso en sus salidas en solitario, el episodio le afectó personalmente y tuvo la importancia suficiente como para ser anotado en sus cuadernos para que otros lo aprendan en el futuro. En lo que a The Stars respecta, se separaron al cabo de poco tiempo tras un desastroso concierto en el Corn Exchange, aquel en el que actuaban junto a MC5 y en el que Strange había depositado sus esperanzas. A los dos días también tocaron con Nektar en el mismo escenario, con mejor resultado, pero parecía que el lado oscuro de Syd había vuelto a eclipsar su talento. En 1974 Barrett hizo un último intento en el terreno musical que fue en vano. En 1975 apareció con sobrepeso y completamente rapado en el estudio mientras Pink Floyd estaban finalizando los últimos flecos del Wish You Were Here, fue su final. Un día me atreví a preguntarle al Doctor si había vuelto a coincidir con Barrett y me dijo que sí, pero que aquella historia tendría que esperar.

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José Domínguez

Fundador, como el brandy.
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