El Ministerio del Tiempo, el ministerio que mejor funciona en España
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Sí, sin duda, el Ministerio del Tiempo funciona mejor que el de Hacienda (¡horror!), Defensa (sin comentarios), Trabajo (bueno, este último es que ni siquiera parece que exista) y todos los demás…

Quiero aplaudir la valentía de los hermanos Olivares a la hora de crear esta serie. Da la sensación de que en este país tan conservador en el que vivimos, sólo apuestan por comedias con risas enlatadas de marujas oxidadas (algún día me gustaría saber la fuente de esas risas tan deprimentes de las telecomedias españolas).

Si por mí fuera, pondría El Ministerio del Tiempo como asignatura obligatoria en todos los colegios españoles. Así, seguro que conseguimos que los estudiantes aprendan más con cada episodio que con algunos profesores con alma de funcionario que olvidaron su pasión por la enseñanza en algún cajón de su escritorio.

Todo en el Ministerio del Tiempo está cuidado hasta el más mínimo detalle. La ambientación, decorados (esas escaleras casi infinitas que conducen a las puertas son una auténtica pasada), personajes (tanto reales como imaginarios), el guión y sobre todo esos guiños INTELIGENTES al espectador (Velázquez trabajando como retratista o Jordi Hurtado como agente encubierto del Ministerio).

Cada temporada ha tenido algo distinto que la ha diferenciado de las demás. La primera supuso el pistoletazo de salida, asombrando a todo hijo de vecino por su originalidad, sarcasmo y fidelidad histórica (hasta los yanquis hicieron una burda copia llamada Timeless, aunque ese es otro tema).

En la segunda aparecieron nuevos personajes como Pacino (genial Hugo Silva) y la trama se fue complicando con villanos más retorcidos (¿esos americanos no serían un reflejo de los productores de Timeless?).

La tercera supuso el punto y final con mejores medios, nuevas y espectaculares localizaciones fuera de España y la desaparición de varios protagonistas. Pero también, quizás, ha sido la más irregular. Algunas tramas se difuminaron con la ausencia de algunos actores principales y los personajes que se quedaron no supieron sustituirlos, dejando algunas tramas principales algo cojas. Pese a todo, hay algunos capítulos memorables como el de Con el tiempo en los talones y Entre dos tiempos (genial episodio final con sabor agridulce y olor a melancólica despedida definitiva).

Una gran serie, memorable pese a sus defectos (que los tiene como todo el mundo) y maltratada por una televisión pública a la deriva que ha cambiado su emisión varias veces por sus santos cojones y sin avisar (sustituyéndola por esa maravilla llamada Operación Truño, entre otras lindezas).

Hay que ver el último episodio para ver unos cuantos dardos envenenados a los directivos de la televisión pública…

Lo mejor: casi todo. El guión, el cariño por todos los personajes (soy un gran fan de ese cabronazo entrañable llamado Salvador, de la dulce Amelia y de ese Chuck Norris tierno llamado Alonso de Entrerríos), las referencias irónicas a la sociedad actual y esos toques de humor capaces de provocar desde sonrisas leves a sonoras carcajadas. De todos los episodios, me quedo con esa distopía terrible de Felipe II y un capítulo final emotivo a más no poder…

Lo peor: algún bajón argumental en la tercera temporada, la excesiva duración de los episodios (a veces la trama se alargaba de forma innecesaria), más de un villano al que se le podría haber sacado más partido (por ejemplo ese agente del Ministerio resentido de la primera temporada) y sobre todo, sobre todo, sobre todo esas decisiones absurdas de TVE (que huelen a mierda política) y que han acabado destrozando la mejor serie española de la última década (y una de las mejores de la historia).

Hasta siempre, Ministerio…

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Iván Albarracín

Nací en la ciudad de Barcelona hace ya unos cuantos años. Desde pequeño sentía que la imaginación viajaba por lugares que mi cuerpo jamás podría alcanzar. Me aburría tanto con lo convencional que necesitaba una válvula de escape, visitando mundos de ensueño y pesadilla, donde el bien y el mal juegan al poker sin tener las cartas marcadas... Podría haber jugado a fútbol, presentarme a un reality show o acostarme con alguna famosilla pero elegí la opción más jodida: me puse a escribir. Intoxicado por cientos de horas de exposición a la literatura, cine y aquellos míticos videojuegos de los 90, todo lo que ha vomitado mi cerebro es su hijo bastardo y febril. La novela "La canción de cuna" fue la primera que vio la luz (autoeditada en bubok.com). Poco después le siguieron "El Universo dormido" y sus secuelas "Las cicatrices del diablo" y "La luz oscura". Mi alter ego Torcuato Campany se encarga del humor absurdo y bestia... En definitiva, solo dejaré de escribir cuando ya no respire...
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