Crítica de Shameless (siete temporadas): ¿Las Uvas de la Ira 2.0?
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Vale, me he flipado con el título para la crítica de Shameless, lo reconozco.

Las Uvas de la Ira es un clásico del cine y de la literatura, pero lo he pensado muchas veces al ver cada capítulo de esta genial serie. Los nuevos desheredados del capitalismo siguen luchando por sobrevivir, aunque los tiempos han cambiado. Miseria social, alcoholismo, drogadicción, padres desastrosos y esperanza. Sí, sí, esperanza, pese a que los protagonistas repitan una y otra vez los errores de sus padres. He disfrutado como un niño al seguir las andanzas de la familia disfuncional Gallagher. Es un remake de una serie inglesa (que no he visto), aún más dura que la versión americana, aunque el creador (Paul Abbot) es el mismo.

Me fascina saber que aún quedan huecos donde no importe lo políticamente correcto y que se tenga valor para seguir adelante, pese a que la comunidad de idiotas biempensantes en las redes sociales pueda echar a perder un gran trabajo si se les deja. Me refiero a esos indignados por todo, que son tan inútiles que solo sirven para incordiar y no aportan nada a la sociedad.

Así que a fastidiarse, amantes de lo políticamente correcto.

La serie sigue las andanzas del clan Gallagher y todos los personajes que circulan a su alrededor. El impagable Frank, el padre alcohólico, egoísta y drogadicto, interpretado de forma magistral por William H. Macy (un personaje completamente amoral y capaz de TODO por conseguir lo que quiere), su hija Fiona Gallagher (el contrapunto de su padre y la hija mayor que se encarga de cuidar a toda la familia), el cínico y brillante Lip (tan autodestructivo o más que su padre), entre muchos otros. Esos son los personajes principales, pero hay que añadir a Monica (la madre bipolar y drogadicta), Carl (el hijo medio psicópata, medio tierno), Ian (el hijo pelirrojo que quiere ser soldado y es gay), Debbie (la única que parece seguir queriendo al canalla de su padre Frank) y el pequeño Liam (un niño de color que habla poco y siempre ve películas poco recomendables para su edad).

Hay que sumar los secundarios de lujo que tienen tanta importancia o más que los personajes principales. Esta es una serie cuidada que mima (y mucho) a todas sus criaturas. Son reales, humanos y lo mejor de todo, te los crees.

Los temas tratados, en manos de guionistas sensibleros, podrían dar para un culebrón de Antena 3. Si hombre, uno de esos que echan a la hora de la siesta (son tan majos que seguro que los ponen para que nos durmamos). Pero nada de eso muchachos… Toneladas de humor negro, mala leche y sobre todo, cero en moralina barata. Los personajes hacen todo lo posible para sobrevivir en un entorno despiadado (sobre todo Frank) y consiguen despertarte sonrisas, otras veces carcajadas y en más de una ocasión, lágrimas.

Esta es una serie a la que nadie, en este país absurdo en el que vivimos, daría luz verde. Y no porque no haya grandes creadores (que los hay), sino porque no hay valor (iba a poner la palabra cojones), por parte de las televisiones tanto públicas como privadas.

Lo mejor: los personajes, el inicio de la serie y el impagable Frank (tanto para lo bueno como para lo malo).

Lo peor: algún bajón de ritmo en la sexta temporada. Cierto personaje relacionado con Fiona que aparece y desparece sin demasiadas explicaciones (no spoilers), y ciertos aspectos relacionados con el personaje de Ian (a partir de la quinta temporada) que no están bien desarrollados.

Si no lo digo, reviento.

Olé por la libertad creativa.

Le pese a quien le pese…

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Iván Albarracín

Nací en la ciudad de Barcelona hace ya unos cuantos años. Desde pequeño sentía que la imaginación viajaba por lugares que mi cuerpo jamás podría alcanzar. Me aburría tanto con lo convencional que necesitaba una válvula de escape, visitando mundos de ensueño y pesadilla, donde el bien y el mal juegan al poker sin tener las cartas marcadas... Podría haber jugado a fútbol, presentarme a un reality show o acostarme con alguna famosilla pero elegí la opción más jodida: me puse a escribir. Intoxicado por cientos de horas de exposición a la literatura, cine y aquellos míticos videojuegos de los 90, todo lo que ha vomitado mi cerebro es su hijo bastardo y febril. La novela "La canción de cuna" fue la primera que vio la luz (autoeditada en bubok.com). Poco después le siguieron "El Universo dormido" y sus secuelas "Las cicatrices del diablo" y "La luz oscura". Mi alter ego Torcuato Campany se encarga del humor absurdo y bestia... En definitiva, solo dejaré de escribir cuando ya no respire...
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