#Opinión ¿Por qué no te callas?


Conciertos y festivales. Esos grandes eventos en los que la gente se reúne con sus amigos para ver en directo a los grupos que les gustan y pasar agradables ratos bailando, cantando y bebiendo. ¿O no?


Mucho se ha hablado y escrito ya sobre el tema. En mi caso, cada vez que vuelvo a casa de un concierto, mi pareja me pregunta cómo ha ido. En un 80% de las ocasiones aparece en la respuesta la queja contra parte del público por su actitud, cosa que, lamentablemente, no puedo omitir en mis crónicas.

Ante esta situación, me propuse analizar las posibles causas y escribir un artículo de opinión. Sé que en ningún caso este artículo hará que la actitud de la gente cambie, pero, ¿y lo a gusto que me voy a quedar?

En mi último concierto (y crónica), el de M83 en el Festival Jardins de Pedralbes, la gota colmó el vaso. Fue cuando se me ocurrió escribir también sobre el tema tras preguntarme qué lleva a una persona a gastarse 30, 40, 50€ o más en la entrada de un concierto para luego no prestar el menor interés.

Antes de nada, me gustaría dejar claro que la mayor parte de las personas que nos quejamos, no es de que el compañero de al lado esté cantando a grito pelado o bailando como un poseso. Ni mucho menos. Partimos de la base de que la música (y esa es sólo una de sus grandezas), es capaz de generar emociones: alegría, tristeza, ternura, rabia, fiesta, paz, etc. Por lo tanto, uno espera del público en un concierto que baile, cante, llore, ría o salte. Incluso que hable. Que comente algo sobre la banda, del concierto en sí mismo o sobre algo que le ha pasado en el día, ¿por qué no? Lo malo es que hay un número indeterminado de persona(je)s que acuden a estos eventos a hablar mientras suena de fondo música en directo. Acuden para estar hablando durante TODO el concierto.

Por eso, este artículo de la VICE  me parece muy desafortunado, a no ser que fuera con la intención de agitar a la opinión pública. Un concierto jamás debe transcurrir en un silencio sepulcral, a no ser que hablemos de una ópera, un concierto de piano, etc. El silencio que se demanda es de conversaciones que no vienen a cuento. Que todo el jaleo que haya sea porque la gente canta, baile y aplauda.

Así que, vuelvo a mi pregunta inicial: ¿por qué gastarse 30, 40, 50€ o más en la entrada de un concierto? ¿Por qué no gastarse esos 30, 40, 50€ o más en cualquier otro bar mientras hablan con calma? Porque ya sabemos todos que los músicos tienen la mala costumbre de tocar alto; cosa que hace que estos pobres seres deban desgañitarse para que su interlocutor (y por desgracia, el resto de la sala) pueda escuchar sus interesantes historias. Al dejarse las cuerdas vocales en un intento de hacerse oír, la garganta se le reseca, así que al charlatán no le queda más remedio que remojar el gaznate con cerveza, lo cual incrementa su verborrea.

Lo triste de estas situaciones es que pueden llegar a estropear la noche (¡qué digo noche! ¡Si estamos hablando de un máximo de 2 horas y media!). Y la pueden estropear tanto al público que sí va a disfrutar de un directo (insisto: bailando, cantando y bebiendo), como a los propios músicos. Sin ir más lejos, vuelvo a remitirme al concierto de M83. La banda estaba interpretando ‘Wait’, y la preocupación de una joven era que su pareja, adicta al WhatsApp, le grabara un vídeo mientras ella sostenía un mechero encendido y no achicharrarse los dedos en el intento. Son cosas que, tristemente, te sacan de momentos que pueden ser preciosos. Momentos en los que una canción, una buena canción y bien interpretada, puede elevarte al cielo. Pero llegan estas personas para pinchar tu globo y hacer que te estrelles en el suelo.

Todo gira en torno al respeto, amigos. Primero, respeto a quienes están en el escenario, ya que están actuando para el público. Aquí tenemos un artículo de los compañeros de Jeneseipop en el que preguntaban sobre esto a varios artistas. Segundo, respeto hacia los demás, esos que sí van a disfrutar del evento. Hay ejemplos sonados como el de The XX en Madrid, del que se hicieron eco en Playground. Y tercero, respeto hacia uno mismo, ya que has pagado por algo, se supone. Aunque aquí añadiría más: aunque no se pague. Bien sea porque te han invitado o, simplemente porque son conciertos gratuitos, los demás siguen mereciendo ése respeto. Servidor, en rara ocasión acude al BAM, en Barcelona, que es un ciclo de conciertos muy interesantes y gratuitos repartidos por la ciudad, porque es imposible escuchar nada que no sea el rumor de las conversaciones de la gente.

Además del respeto, también es muy importante valorar la cultura. Muchos son los que se abanderan en las redes sociales como defensores de la cultura. Luego, ni compran discos, ni van a conciertos, ni apoyan a ninguna escena de ninguna forma. Me sorprendió mucho la primera vez que fui a un festival de rock instrumental. Fue aquí, en Barcelona, fue en La [2] de Apolo. Era el AMFest. El público guardaba un silencio durante las actuaciones que me dejó KO. Por supuesto que había bromas, entre público y bandas y viceversa. Había coros, había bailes y locura; pero es un público del que todos deberíamos aprender.

En los festivales esto ya es algo que no tiene solución. Es un caso perdido. Hay gente va a los festivales sin ni siquiera saber qué cartel tiene. Aire libre, buen tiempo, música, alcohol y drogas, es una combinación de la que no todo el mundo sabe sacar provecho. Aquí la solución sería muy fácil: ¿quieres hablar? no te metas en el meollo, quédate un poco alejado. No vas a ser menos “guay”.

Al final, mi deducción de todo esto es que la gente que no puede callar ni un momento lo hace por dos motivos (si obviamos el consumo de estupefacientes de esos): o bien es aburrimiento, o “postureo”.

Las dos cosas tienen fácil solución. Querido amigo charlatán, si te estás aburriendo, no pasa nada, todos hemos estado en conciertos que no cumplían nuestras expectativas. En este caso, tienes dos opciones: o bien te vas a una parte más alejada y das rienda suelta a tu lengua, o bien, directamente, te vas de la sala. No pasa nada. Todos nos hemos salido de la sala de un cine a mitad de película (o antes). Bien, si lo tuyo es el “postureo”, lo tienes mucho más fácil: entra, espera a que salga la banda, hazte las fotos de rigor, y sal por donde has entrado. Al día siguiente lees un par de crónicas y lo explicas como si hubieras estado. Además, las cervezas serán más baratas en el bar de al lado. Ganamos todos.

No sé si la solución estará en redactar unas normas de comportamiento, tal y como se ha hecho en varios países a raíz del archifamoso Pokemon Go para que la gente no se meta en túneles prohibidos a viandantes, no salte vallas de jardines privados o se meta en lagos a cazar bichos que no existen. No sé si quizá habrá que hacer un “vagón del silencio” como el del AVE pero al revés. Una sala donde esta gente pueda tomarse su cerveza y estar de cháchara sin molestar a los demás.

Lo que sí sé, es que hay algo que podemos hacer el resto, porque además somos más que ellos, muchos más. Queridos compañeros, tomemos la frase que hizo tan famosa nuestro entrañable Rey Juan Carlos I, miremos fijamente al charlatán y digámosle, ¿por qué no te callas?

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