Ivan Ferreiro en el MAZ Basauri


El festival MAZ Basauri daba sus últimos coletazos con Iván Ferreiro. Después de un mes de mayo repleto de actuaciones y actividades varias, nos tenían preparado un fin de fiesta muy especial, algo épico e inolvidable y que, a modo de vistoso broche de oro, fuera la guinda del pastel a un festival que año tras año consigue superarse en calidad y en cantidad de visitantes.


No es de extrañar entonces, que para esta última jornada, volvieran a colgar el cartel de sold out y que el Sozial Antzokia se llenara con 700 almas, hambrientas de ver la puesta en escena de Confesiones de un artista de mierda, quinto álbum en solitario del vigués.

Tras más de año y medio paseando su último disco, tanto por grandes escenarios como por pequeñas salas, y de confesar sentirse:

Descontento con la industria y desesperanzado frente al futuro, aunque mi último disco ha funcionado muy bien y me ha dado muchas alegrías, ahora lo veo distinto. Supongo que todos necesitamos un momento de bajón y de desencanto y después hay que ir hacia arriba.

Así que, poco antes del concierto avisaba por Twitter de que venía con muchas ganas de tocar y, los allí presentes, pudimos dar fe de un gran espectáculo y del saber hacer de uno de los artistas más respetados del circuito alternativo.

En el momento en que las luces se apagaban, por los altavoces se anunciaba el comienzo del concierto con la cabecera de la 20th Century Fox que, entre risas y aplausos del personal, la banda al completo apareció sobre el escenario. ‘Mi furia paranoica‘ fue la elegida para romper el hielo, en una noche donde se repasarían no sólo la amplia trayectoria de Iván en solitario, sino también los temas más conocidos de los años en que lideraba a Los Piratas, parada obligatoria en los conciertos del gallego. Y la verdad es que no se hicieron esperar, porque después de los primeros aplausos y de presentar a la banda, se arrancó con ‘Promesas que no valen nada‘, indiscutible himno de una generación que ronda la cuarentena y sigue tan viva como entonces cuando entona el “como lágrimas en la lluvia, se irán….

A Iván se le veía sereno, relajado, compartiendo con el público estribillos, mientras cantaba canciones con un profundo mensaje, palabras directamente salidas del corazón, removiendo sentimientos personales y, hasta demasiado privados para hacerlo en público. Debió de darse cuenta, porque después de cinco canciones se dirigió a nosotros diciendo: – Si nos ponemos muy moñas nos lo decís, ¿vale? Porque… no habéis venido a ver a David Bisbal, ¿no?. Todos se lo agradecimos con una sonora carcajada y rompimos en aplausos.

Habíamos venido a eso, a enternecernos, pero también a apretar los dientes de rabia por historias con final triste, con la impotencia de dejar marchar unos sentimientos más fuertes que nosotros mismos. Rué el caso de ‘NYC, Canciones para el tiempo y la distancia‘ o ‘Extrema Pobreza‘ con las que consiguió ponernos a todos la piel de gallina con los continuos cambios de intensidad y esa manera suya de interpretar las canciones, como solamente él sabe hacer.

Llegados a este punto ya nos tenía ganados, comíamos de su mano. Allí donde mirases no veías más que caras sonrientes y devoción sincera. Él se iba poniendo cada vez más cómodo. – Voy a cambiar el sonido de mi piano, porque el de ahora es demasiado romántico, invita al amor, al… cariño cómeme la polla… (risas). – Pues este sonido nos nos vale ahora. Nos conocemos desde hace tiempo, sois vascos, sois fríos, pero sé que no me vais a dejar tirado. Había llegado el momento de ‘Fahrenheit 451‘ y hasta el último de los presentes no dejó escapar la oportunidad de cantar con fuerza y sentimiento el estribillo. Todo terminó en una larga y sonora ovación final

Parecido sucedió después con ‘Paraísos perdidos o la archiconocida ‘El equilibrio es imposible‘, las cuales me gustaría resaltar el toque especial que la banda supo dar a estos temas, con una magistral actuación y buscando la armonía entre música y voz, que convirtió ambas canciones en un regalo para nuestros oídos.

Y entonces llegó el momento, mi momento. Confieso que llegados a este punto no puedo ser objetivo (creedme, he intentado serlo hasta ahora) pero fue entonces cuando empezó a sonar ‘Mi coco‘. El tiempo se detuvo, las palabras salían de su boca y flotaban por la sala, bailando al ritmo de las guitarras y animadas por los coros y los aplausos del público, que interrumpían la canción una y otra vez. No se si fue así exactamente o sólo me lo pareció a mi pero, después de ésto, mi entrada ya estaba amortizada.

Ferreiro y el resto de la banda aprovecharon para tomarse un descanso antes de volver a salir al escenario y comenzar con la segunda parte del show. Ahora de una forma más intima y directa, Ivan sólo con su piano y frente al público, sin esconder nada, desgranando su alma con canciones… y sus letras. Según él:

La letra es la canción. Una canción es una letra para ser cantada. Y creo que me dejo los cuernos al escribirla y luego, gracias a dios, los músicos suelen ayudar a que la música funcione mejor.

Y eso ocurrió con ‘M, quizá una de las mejores letras del gallego, que el público escuchó atento y en riguroso silencio, roto con un largo aplauso final.

Parecido sucedió con ‘Los años 80‘, donde, con un comienzo sobrio pero sin perder su esencia, la banda se fue uniendo poco a poco a medida que avanzaba la canción, acabando en una apoteósica comunión artista-público. Versiones muy especiales, retocadas sutilmente para enamorar al oyente, como por ejemplo ‘Tiovivo‘, ‘Toda la verdad‘ o ‘El viaje de Chihiro‘ en la recta del final de un concierto, donde, ya sin complejos ni reparos, echó toda la carne en el asador con su interpretación. Eligiendo ‘Turnedo‘ como última canción, con gestos invitó a todos los presentes a cantar con él a modo de despedida. Y una vez más, ovación sentida.

La canción Je t’aime… moi non plus, el himno mundial del buenrollismo, fue la encargada de poner punto y final a la velada, mientras que toda la banda abrazada sobre el escenario, con Ferreiro en el centro, agradecía a los presentes sus aplausos. Casi dos horas de pelos de punta, sonrisas nerviosas y ojos vidriosos, un gustazo visual , una entrega incondicional que solamente pocos son capaces de transmitir con sus canciones. Me quedo con un comentario que oí mientras salíamos por la puerta. Una chica le decía a su amiga: – Qué pena que no conociese más canciones…. A lo que la otra contestaba: – No importa, con verle cantarlas sobre el escenario es suficiente. Totalmente de acuerdo.

Texto: Asier eMe

Fotografías: MAZ Basauri

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