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Falta en El Mal Querer de Rosalía ​la componente gutural endógena del flamenco, esa profundidad que nace de las entrañas del ​interprete, de algún lugar que debe de encontrarse muy cerca de donde nacen los orgasmos y que, al igual que estos, te hace temblar el corazón.

En esta casa – andaluza, de las Salinas que vieron crecer a José Monje, comúnmente conocido como Camarón de La Isla – no quisimos entrar aquella animadísima diatriba de la apropiación cultural de la cual se acusa a Rosalía. Nos queremos mantener al margen, aunque, ciertamente, la pobre imitación de un supuesto acento andaluz (¿de qué ciudad pretende ser?) no nos impresionó.

La joven catalana, indiscutible ejemplo de la famosa máxima de Dalí «que hablen de mí, aunque sea bien», ha conseguido con su El Mal Querer estar en portadas de mastodontes de la prensa musical y en boca de todo el que es alguien y del anónimo también. Nadie ha podido dejar escapar la ocasión de hablar de Rosalía y todos hemos querido un pedazo de ella, revolucionaria y abracadabrante.

Y lo cierto es que El Mal Querer lo tiene todo: Rosalía tiene una voz cristalina, gloriosa, casi angelical. Y la producción de El Guincho mejor no hablamos, porque el impresionante trabajo del canario merecería una reseña toda para él. Hay flamenco, hay pop, hay trap y hay sintes. ​Lo tiene todo. Quizás demasiado.

Harina de otro costal son las composiciones líricas, diversas y sorprendentes, que cuentan la historia de una mujer y el maltrato que sufre. Una cruzada contra el machismo y la lucha a la que se enfrentan demasiadas mujeres aún hoy. Letras impresionantes que dejan patente la indiscutible habilidad de la artista catalana, quien bebe de referencias como García Lorca y el matrimonio de conveniencia de sus Bodas de sangre («Si hay alguien que aquí se oponga​ / ​Que no levante la voz​ / Que no lo escuche la novia​ / Que no salga la luna que no tiene pa’ qué​», “​Q​UE NO SALGA LA LUNA – Cap.2.: Boda”​​)​.

Composiciones en las que juega con el tremendo paralelismo entre la protagonista de esta historia, tan destrozada por dentro como la ciudad iraquí por la guerra («Por la noche, la sal​ía del Bagdad​ –famosa sala barcelonesa que ofrece espectáculos pornográficos, NdR– ​/ Pelo negro, ojos oscuros​ / Bonita pero apen​á / Senta​íta, cabizbaja dando palmas​ / Mientras a su alrededor​ / Pasaban, la miraban​ / La miraban sin ver n​á / Solita en el infierno​ / En el infierno está atrap​á», “​​BAGDAD – Cap.7.: Liturgia”).

Brutales son también la sutileza con la que es capaz de describir las conductas típicas de la mujer que vive en el maltrato («Y átame con tu cabello / a la esquina de tu cama / que aunque el cabello se rompa / haré ver que estoy at​á», ​“DI MI NOMBRE – Cap.8.: Éxtasis”)​ o la potencia​ con la que describe la liberación ​final («A ningún hombre consiento / que dicte mi sentencia»​, “A NINGÚN HOMBRE – Cap.11: Poder​”)​.

​Lo tiene todo, decía. Menos alma. Y es que el flamenco, sin sentir, no sabe a gran cosa. ​​Falta en Rosalía ​la componente gutural endógena del flamenco, esa profundidad que nace de las entrañas del ​interprete, de algún lugar que debe de encontrarse muy cerca de donde nacen los orgasmos y que, al igual que estos, te hace temblar el corazón.​ No hay visceralidad, ​no hay dolor desgarrador ni alegría vibrante. No tendría esto mayor importancia, de no ser por el impecable e implacable trabajo de marketing que hicieron para fomentar el hype previo a la publicación del disco, que apuntaba a ser la resurrección del flamenco, casi que de una nueva Leyenda del Tiempo se tratara. Tampoco tendría relevancia si no quedase tan evidente el intento de producir un trabajo encasillable en el flamenco.

Un disco complejo, capaz de generar controversia incluso en quien lo aprecia, al igual que la propia cantante y todo lo que la rodea. El Mal Querer no es flamenco, ni una reinvención ni una revisitación. Es pop, y pop del bueno: innovador, atrevido y descarado. Pero con mucho flamenco. Algo así como si Niña Pastori se hubiera bañado en swag.

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