Portillo: libertad y miedo a lo desconocido
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Hay discos por los que el tiempo parece no pasar, o en los que al menos, pasa de largo. El álbum de Portillo, que salió en 2015, es uno de ellos.

La de Portillo es una propuesta que podría calificarse como vanguardista, dados sus ecos lo-fi y su querencia por incidir en la disonancia. Este LP es un canto a la libertad, y por consecuencia, aunque sea de manera indirecta, una crítica a los sonidos precocinados de la radio fórmula. Estamos ante música alternativa de verdad, sin ataduras y sin límite alguno.

Por acabar de definir a Portillo –sin que esas etiquetas supongan ningún amarre–, yo usaría el término antipop. La receta de este estilo, en esta ocasión, contiene ingredientes de chamber pop, wordspoken, psicodelia y canción de autor, sin lugar a dudas estamos ante un plato complejo. De primeras impresiona, y de segundas la impresión es aún mayor. No hay nada artificial en Portillo, quien bien podría ser un hijo perdido del Syd Barrett más oscuro y desquiciado.

La gran protagonista del disco es la guitarra acústica (que parece española), que está presente en primera fila en todos y cada uno de los temas. En segundo lugar, está la voz de Jorge Portillo, que va recitando, cantando y dándole sentido al conjunto sonoro. Justo detrás, tenemos capas que meten otra guitarra y de diferentes instrumentos (vocales también) que crean la atmósfera de esta particular tormenta. La presencia del bajo y la batería es circunstancial, como si Portillo no quisiera que nada nos marcase el tempo. Todo esto redunda en una sensación de sueño constante, de ver toda una vida pasar y de no saber cómo salir de ahí. Un torbillo lento pero letal.

Si las melodías son las primeras que calan hondo, las letras penetran justo detrás de ellas. Portillo se mueve como pez en el agua mezclando ambas, jugando con los momentos de apogeo y de anticlímax para crear un carrusel sensorial. Sin embargo, en ocasiones encontramos estrofas como «Si pareciera que / enyetado estás / mala muerte vas / amigo paria», presente en “El Bautismo“, que parecen resolver algunos misterios. Algo que también ocurre en “Por Tu Barrio“, que se abre con «Por tu barrio no paso más / y sigo allá pensando acá / y vos estás con los demás». Pero los referentes son pocos: la brújula no funciona, y cuando lo hace, tampoco aclara demasiado. Por lo general, lo que encontramos son versos libres y mantras, invocaciones a algo que está más allá de nuestro entendimiento.

Portillo es todo un mundo, una incursión en la psique de su autor. Un álbum denso y tenso, lleno de quiebros y requiebros, en la que la guitarra hace las funciones de raíl. No es un disco fácil, no es de esos que te lo da todo hecho para que tú solo tengas que silbar y tararear. La libertad que se vive aquí es de esas que puede llegar a darnos miedo, apenas hay unos mantras a los que agarrarse en este mundo desconocido. Portillo, te guste o no, retumbará en tu mente hasta despertarla. Un trabajo único y personal, pero que como todas las grandes obras, tiene carácter universal.

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José Domínguez

Fundador, como el brandy.
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