Mundaka: Albatros, sonidos, sueños y alquimia
Portada obra de Jose Carlos Tassara.
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Albatros era uno de los discos más esperados del año, un álbum con el que Mundaka debía confirmar su potencial, cosa que ha hecho con creces.

Mundaka es una banda muy particular, un cuarteto cuyo perfil sonoro es único. Más allá de la etiqueta dream surf con la que se abrieron un hueco en la escena, destaca en ellos su capacidad para coger cosas de aquí y de allá para construir un rompecabezas único cuyo encaje es simplemente perfecto. No hay nada que chirríe en sus canciones, ningún instrumento está fuera de lugar, ningún borrón en la partitura. Hay algo de magia, de alquimia en su trabajo: su dominio de la música resulta apabullante.

Vera, Richard, Lucas y Mateo se han superado a ellos mismos en Albatros, pero también lo han hecho con las expectativas que cualquiera pudiese tener. Ni el más optimista podía esperar un disco tan completo y complejo, tan embriagador y tan energizante a la vez. Sonata Tropical del Ártico fue un gran debut, qué duda cabe, pero Albatros es algo más. Sin embargo… ¿qué más? ¿Cómo cuantificar lo inescrutable? Rock, jazz, swing, funk, dream pop, surf y psicodelia se funden en un todo invisible que te envuelve y te acaricia el alma. Quizá sea una cuestión de sintonía: interna del álbum y externa con respecto al oyente.

Rodrigo Vera Tudela, vocalista y principal compositor del grupo, dio algunas claves: «Este trabajo nuevo ha sido muy pensado y muy trabajado, bajo la consigna de entregar a la audiencia mundial un producto de calidad similar (y ojalá superior) al disco antecesor. Gracias al apoyo del Ministerio de Cultura, hemos logrado abarcar sonidos que no hubiéramos imaginado posibles, así que vamos muy esperanzados en que este nuevo lanzamiento pueda superar las expectativas de nuestros oyentes». Vaya si lo han conseguido.

A nivel lírico, pese a la alegría de algunas canciones, Mundaka se mueve entre la nostalgia y el pesimismo, entre la añoranza por algo que no está y la ausencia de ánimo por encauzar la situación. Vera no se extiende demasiado en las letras, aunque es absurdo pedirle que se explique mejor: es imposible. Albatros es, también a este nivel, un engranaje perfecto en el que cada pieza tiene su sitio, una telaraña de versos que te atrapan y te dejan con la frase clavada, con la mente perturbada. La portada de Jose Carlos Tassara no puede ser más acertada.

Canción a canción, el disco se va descubriendo para seguir siendo un misterio. Capa a capa, Mundaka va descubriendo sus secretos, pero desvelando siempre nuevas sorpresas. No hay dos canciones iguales, aunque tampoco podrían entenderse tan bien por separado como en conjunto. “Náufragos” es una apertura potente, llena de swing, que marca algunas pautas que se repetirán más adelante: «Naufragar sin conocer el mar / Naufragar sin navegar». “Madrugada” toma el relevo con un tono más pop, más tradicional, aunque la voz de Vera, fantasmagórica, ayuda a que el embrujo inicial se mantenga. Recoge el testigo “Fantasmal“, que cabalga sobre un sencillo riff que se repite a lo largo de la pista hasta tatuarse en la mente. A modo de despertador emerge “La Partida“, con su adictiva melodía y sus geniales vientos. Puro tropicalismo, puro contraste con su predecesora y su sucesora. Porque “Vientos de Otoño” regresa sobre el sueño, sobre lo onírico: «Veo viejos, nuevos presagios / Lentos, rápidos barcos / Se hunden lento, despacio / Acueductos de sal / que no me devuelven al mar». Por letras, melodía y matices (ojo a esos solos a mediados de canción), es uno de los temas de Albatros. “Sputnik” despega para cerrar, al menos de forma oficiosa la cara A del disco. Hermana de “La Partida”, la pista, eminentemente jazzística, va progresando sobre sí misma para explotar y después regresar a sus inicios, formando un bucle perfecto. La mitad del álbum la marca “Astronautas en Mi Patio“, un experimento de carácter radiofónico que va picando diferentes emisoras, un corte espectral y espacial.

Filin Collins“, activa las alarmas y nos devuelve a la tierra, aunque no del todo, porque los ecos y los trémolos mantienen la ambientación onírica. De repente llega una de las canciones más sorprendentes y –no sé si es correcta la expresión– simpáticas del álbum. Mundaka, de repente, en otro ejercicio de elasticidad sonora, se transforman en algo que no habían sido hasta ahora, y regalan “El Paso“, una divertida canción fronteriza con otro riff de los que se graban a fuego. “Sincopena” hace honor a su nombre y despeja definitivamente los rayos de sol mexicanos. O más bien los aumenta, porque si en “El Paso” la fantasía era cruzar, ahora se impone la realidad y «el vértigo de andar solo» se convierte en la realidad de «Si sigo caminando / no te podré volver a ver». “Rascacielos“, uno de los sombríos singles de adelanto, va mostrando el final del camino en un ambiente depresivo que termina explotando de pura intensidad. “1992” toma posición como penúltimo corte de Albatros, conformando díptico (otro) con “Rascacielos”. Por una vez, y como excepción, Mundaka enseña algo de esperanza: «Espero algún día fugarme / donde el sol me queme la frente» y «Espero creer en la gente / Y que ellos me crean también». Este cambio de tonalidad, junto con la aparición de Chaska Páucar y la instrumentación tropical, resultan realmente refrescantes. El trabajo se cierra por todo lo alto con “Tembló Lembó“, cuyo repetitivo estribillo y característico rasgueo ser tornan casi chamánicos. «El universo se abre en dos / Se ha perdido la razón / Y la vida se apagó / Frente al paredón».

Albatros es una maravilla de inicio a fin, una joya desde la primera canción hasta la última. El mestizaje que habita en el disco es tan fino que por momentos parece invisible, no porque no esté ahí, sino porque de tanta riqueza se hace natural y termina por mimetizarse con el oyente. Mundaka ha hecho magia, ha invocado un hechizo que saca a la luz la que es la piedra filosofal de la música: hacer que las canciones traten sobre ti, convirtiendo a un simple individuo en el centro del universo.

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José Domínguez

Fundador, como el brandy.
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