Michael Kiwanuka ha tocado el cielo con su tercer disco
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Michael Kiwanuka ha facturado uno de los álbumes de la década. El artista británico se ha dejado el alma en KIWANUKA, uno de esos discos que hacen historia.

Que Michael Kiwanuka tenía algo era un hecho público y notorio. Sus dos primeros discos tocaron el éxito con las dos manos y lo auparon como una de las grandes estrellas emergentes de la escena musical contemporánea. Sin embargo, Home Again, siendo notable, no era perfecto, y Love & Hate, siendo mejor que su predecesor, tampoco era merecedor del diez. Ahora, por el contrario, Kiwanuka ha tocado el cielo con las manos con un LP homónimo que, a poco que el tiempo lo trate bien, será un clásico de la década. Desde luego, viendo el vigor y la firmeza de cada canción del álbum, no cabe pensar otra cosa que no sea esa: es un clásico instantáneo.

Michael Kiwanuka se ha hecho muy grande en esta nueva aventura discográfica. Tan grande se ha hecho que parece abarcarlo todo hasta donde alcanza el oído. Ha pasado de simple estrella a supernova gracias a un repertorio que, sin abandonar el soul y el folk, ha crecido para asentarse en territorios que todavía no dominaba con puño de hierro: rock, góspel, psicodelia… Hay ecos de todas las épocas, desde esos años de mitad del siglo pasado que él interpreta tan bien, como de una actualidad en la que luce con las aportaciones de Danger Mouse. El conjunto queda unificado por un sentimiento de melancolía que siempre se encuentra presente y que muta canción a canción a través de este onírico KIWANUKA. Por si fuera poco, el cantante de origen ugandés se permite también fulgir de pura esperanza creando un efecto frío y calor que desemboca en una placentera redención.

La dualidad es una cualidad que comparten casi todos los discos redondos, esos que no pasan de moda porque son la vida hecha música. Aquí, la lucha entre las tinieblas y la luz es constante; pero no acaba aquí esa dualidad, porque Michael Kiwanuka también se permite retransmitir esa eterna pelea desde dos perspectivas, la del alma y la de la piel. En el álbum vemos cómo las desgracias externas parecen comerse al londinense y cómo su fuerza interna lo empuja a seguir para tratar de cambiar las cosas.

No es este el último punto interesante de Kiwanuka. Además de esos opuestos, podemos ver un leitmotiv que empuja la maquinaria y que lo envuelve todo: la lucha por los derechos civiles de las personas de raza negra. Desde su experiencia, el protagonista desarrolla todo un mundo unido por conexiones de alta tensión que giran en torno a ello dejando claro que lo de afuera afecta a lo de dentro y viceversa. Michael Kiwanuka nos explica cómo enfrentarnos a la situación a la vez que destripa el álbum: «es una reacción contra este mundo de ritmo rápido, desechable y dirigido por una máquina». Una idea que Pink Floyd ya apuntaron en “Welcome to the Machine” y que él desarrolla a su modo con enorme acierto.

El álbum se abre majestuoso con la arrolladora “You Ain’t the Problem“, una canción de fuerza y autodeterminación que desemboca en los oscuros licks de la groovy “Rolling“. Kiwanuka enseña en estos primeros compases su solidez mostrando a un artista serio y en paz consigo mismo, capaz de cabalgar sus dudas personales a través de la observación del panorama político: «No tears for the young, a bullet if you’re wrong». “I’ve Been Dazed” pisa el pedal freno, desgarra las cortinas y provoca que la luz entre en toda la estancia con la solemnidad de su estribillo góspel. Ahora, en la misma habitación, resuenan las preciosistas teclas de “Piano Joint (This Kind of Love)“, una composición bellísima de cándidas armonías vocales que le cantan al amor verdadero. “Another Human Being” echa la persiana a la par que enciende la radio. La máquina vuelve a funcionar y dice: «And for the first time the community was confronted with negroes in places they have never been». En esas, “Living In Denial” exhibiendo a un Michael Kiwanuka decepcionado por las noticias: se sabe despierto. La pista da una segunda capa de fina psicodelia al disco tras la primera mano de “I’ve Been Dazed”. Curiosamente, los dos momentos más ácidos de esta mitad llegan cuando el protagonista ha caído en la cuenta de la mentira en la que vivía.

Hero” emerge con fuerza en la cara B. De nuevo, los problemas raciales reaparecen en plano con un sentido homenaje a Fred Hampton y también a todas aquellas personas de raza negra que han perecido bajo la responsable y culpable mirada de las autoridades competentes en los últimos años. “Hard to Say Goodbye” tiene la difícil tarea de no verse tapada por “Hero” y lo consigue: canciones así son las que hacen los álbumes grandes. “Hard to Say Goodbye” es una epopeya de siete minutos de duración que marca un antes y un después en un KIWANUKA que ahora se tornará más atmosférico. “Final Days” inicia el ascenso a las nubes con resonancias ochenteras y un delicado instrumental de fondo que se ve coronado por unos coros celestiales. Aunque el tema trate sobre el apocalipsis, sus ingredientes son angelicales. La secuencia onírica continúa con “Interlude (Loving the People“, un corte de dream pop en el que el piano brilla como protagonista acompañado por voces nebulosas y una guitarra atiborrada de fuzz. Otra vez, eclipse. “Solid Ground” nos devuelve a la Tierra con elegancia y una buena dosis de lobreguez. La guinda la pone “Light“, que proclama orgullosa un empoderante «All of my fears are gone, baby, gone, gone». Radiante y cálida, la paz, por fin, está aquí.

Todo parece en armonía en el regio KIWANUKA. Luces y sombras se ciernen sobre un disco que se desliza con suavidad a lo largo de cincuenta y un minutos. Lo hace sin caer en la repetición, ni lírica ni sonora, variando los paisajes y exponiendo a un Michael a veces roto y débil, a veces de una pieza y todopoderoso. La humanidad que brota del músico y que impregna el álbum es clave, ese borboteo constante es tan personal que bien podría ser la voz de nuestra conciencia. El planteamiento musical, ambicioso y mutante, es un traje a medida que se va transformando a conveniencia del autor para ir conduciendo al oyente a través de este laberinto de catorce canciones. El destino final es la libertad y ya se ha llegado a ella. Solo queda disfrutar del mayúsculo MICHAEL KIWANUKA.

10

Escucha KIWANUKA completo

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