Eerie Wanda – Pet Town

Eerie Wanda ha abierto 2019 con Pet Town, uno de esos álbumes que enganchan desde el primer momento y que después permanecen entre tus escuchas favoritas durante meses.

Eerie Wanda es el proyecto de la croata Marina Tadic, una joven artista que tuvo que dejar su país durante la Guerra de los Balcanes para irse el exilio en los Países Bajos y que acaba de publicar Pet Town, su segundo álbum. No es la primera vez que escribo sobre ella, puesto que quedé prendado de su talento con Hum, su primer trabajo discográfico. Sin embargo, hay que dejar claro que Eerie Wanda, aunque sea Tadic, también es más que ella. La cantante cuenta con dos compinches de la talla de Jasper Verhulst al bajo y Jeroen de Geuvel al teclado, además de la tímida colaboración de Marnix Wilmink, y Nic Mauskovic en la percusión. Todos estos nombres deben sonarte de otros proyectos de la talla de Jacco Gardner (quien hace unos meses se salió del mapa con Somnium) y de la divertida Mauskovic Dance Band.

Este Pet Town, sin embargo, difiere un tanto de su debut Hum. No es ya que no esté Jacco Gardner a los mandos de la producción (que en cualquier caso es impoluta), sino que Tadic ha querido plasmar las vivencias que ha ido acumulando a lo largo de tres años. Un trienio que es todo un mundo sonoro. Pese a la calidez que desprende, Pet Town es el resultado de la soledad de su autora, quien ha pasado por un periodo de intenso aislamiento. Tanto es así, que escribió el LP, se grabó cantando y tocando la guitarra, y se lo envió a los otros miembros del grupo para que añadiesen sus colaboraciones. Con todo, la producción es limpísima y la mezcla de Pieter Kloos simplemente genial. No hay nada que lleve a pensar que Pet Town es una suma de partes deslavazadas. Lo que sí que se ha perdido es la esencia psicodélica de su predecesor, pero… Tadic sigue siendo un hipnótico misterio sonoro con una dura historia detrás que en ocasiones parece emerger en su música.

Aún con todo, Pet Town es ese álbum que te pones para relajarte, ese que escuchas de fondo mientras apuras una copa, ese que llevas en los altavoces del coche o en tus auriculares a la vuelta de un tenso día de trabajo. Pet Town es belleza sin ser solo un sonido bonito. Las melodías y las letras son directas, sí, pero la interpretación de Tadic es cambiante, mostrando su poderío como cantante. Si a ello le añadimos los sutiles pero preciosistas arreglos de Verhulst y de Heuvel, tenemos una verdadera joya. El Roland CR-78 es un gran actor de reparto aquí, al igual que esa percusión que prescinde de la batería para quedarse con la calidez táctil de las palmas y los chasquidos. Una joya, sí, un trabajo de orfebrería artesanal que produce un disco único.

El LP arranca con la homónima “Pet Town“, una apertura que lleva a cierto engaño, puesto que muestra rescoldos del dream pop de Hum, pero que también deja entrever el espíritu que subyace tras el álbum: «I walk alone again / The streets, they have a friend». “Blue Big Bird” ya se adentra en un universo minimalista que será la constante a lo largo de la media hora que dura el disco. Mención especial a la percusión de este tema, que evoca a un caballo avanzando elegante y majestuoso, justo la sensación que le termina por imprimir a la pista. El primer tercio del álbum lo completa la simpática “Rockabiller“. No es simpática en un término peyorativo, no pretendo hacerla de menos, nada más lejos de la realidad. La línea de guitarra se erige aquí como tótem a través de un infinito bucle sobre el que Tadic canta. Sobria pero juguetona, es una muestra perfecta de lo que es el resto del LP. “Magnetic Woman“, cuarto corte, evoca sensaciones diferentes. Distante y sabrosa, esta bossa nova es un divertido homenaje a la música brasileña en el que seguro que Mauskovic ha disfrutado. Una canción diferente pero que encaja perfectamente dentro del conjunto. “Moon” cierra la cara A del LP con un sonido familiar, muy familiar. Si Pet Town fuese un EP, “Moon” funcionaría como cierre perfecto, como resumen y recordatorio de todo lo que es. Exuberante y nostálgica, la primera mitad del álbum tiene un final dulce y nocturno. Su título no podría ser más adecuado. «I take a staircase and walk to the moon / when I open my eyes, I’m in my room» canta Tadic en este moderno y demoledor vals.

La segunda mitad usa de abridor a “Sleepy Eyes“, un tema que arranca con una guitarra desnuda y repetitiva. Tadic se une a ella en un primer tercio de tema algo triste para después explotar. No es una gran explosión, este álbum no va de eso, sin embargo, el cambio se hace notar. Los seguidores de Elvis escucharán aquí “Jailhouse Rock” y no porque se hayan vuelto locos… El Rey vive. Ojo al final de la canción, porque el sintetizador marciano crea un hipnótico remolino, psicodélico, pero sin perder la calma. “The Intruder” es otra oda a la belleza, quizá la más obvia de Pet Town. Su desarrollo es exponencial, añadiendo capa tras capa. Ojo a ese machine drum y al teclado, porque le dan al tema una dimensión que de primeras parece imposible alcanzar. “Couldn’t Tell” va cerrando las puertas de la ciudad con ecos tropicales y una perenne sensación de inquietud. Una inquietud que desemboca en la tensión de “Hands of the Devil“, la cual eleva las expectativas ante el inminente final con una melodía juguetona. Sus aires dreamies parecen evocar a aquellos lejanos recreos de la infancia, unos recuerdos que son rotos una y otra vez por Tadic, que a través de la variación del volumen va resquebrajando la superficie de la pista. ¿Era “Moon” el final perfecto para el LP? Puede serlo, pero “Truly” también es un punto y final al que no se le pueden poner pegas. Un epílogo bello, íntimo y minimalista que resume a las mil maravillas lo que es Pet Town. Una canción con espíritu cinematográfico, la melodía que acompaña a los créditos de una película.

Eerie Wanda ha aprobado con nota la prueba del segundo disco. Yo soy un enamorado de la psicodelia, pero ante un escenario como el que presenta este LP, poco puedo hacer. La calidad del disco es irrefutable. La cálida y confortable belleza que destila el álbum tiene su contrapunto en las sensaciones de nostalgia y soledad que van surgiendo canción a canción, creando contradicciones y tensiones que van alimentando la mente del oyente hasta hacerla volar. Pese a su sonido minimalista, este Pet Town tiene muchos matices en su interior, unos matices que degustaré encantado. Al fin y al cabo, ¿quién no quiere estar a gusto durante treinta y dos minutos?

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