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Ayllón – <i>Kintsukuroi</i>

Ayllón ha vuelto a publicar en solitario ocho años después. Kintsukuroi es su nuevo trabajo, un álbum cuyo título cobra sentido en cuanto uno lo escucha: «recompone lo que se ha roto».

Kintsukuroi sorprende desde el primer momento por sus bases electrónicas, que le dan un aire moderno y bailable, alejándose así tanto del clásico indie de guitarras como de la música de autor. No es baladí esto último, porque la cuidada escritura de Ayllón, como bien veremos más adelante, bien vale su propio espacio.

De todas formas, el álbum del malagueño es más que eso, no es una simple mezcla entre sonidos y letras. Kintsukuroi son diez canciones, sí, pero todas juntas suman un valor superior: Kintsukuroi tiene alma. Y es que, a cada giro, Ayllón muestra los juegos de luces y sombras que el amor y el tiempo proyectan cuando se juntan en un mismo espacio. A pesar de la frialdad inicial, fruto del trabajo con sintes y pads, el disco termina por sorprender por su humanidad. El dolor y el arrepentimiento son rasgos propiamente humanos, como también lo son la pasión y el coraje, todos ellos presentes en la obra de este superviviente.

En cuanto a las influencias, Ayllón se reconoce deudor de la música electrónica de los ochenta

, tanto española como internacional. En una entrevista en 20 Minutos cita a Modern Talking, una referencia que puede ayudar al oyente a situar su deriva sonora, aunque hay que decir que Kintsukuroi es, por lo general, un álbum pausado y reflexivo, sin que esto implique que no haya explosiones rítmicas ni canciones subidas de beats. En la actualidad, su sonido puede emparentarse con el de Jacobo Serra o el de unos Modelo de Respuesta Polar filtrados por Amatria.

Si bien Kintsukuroi es más que la suma de sus partes desgajadas, hay pistas que destacan por encima de otras. El tema de apertura, “Big Crunch” presenta bien lo que va a ser el LP y fusiona a la perfección el lado electrónico de Ayllón con el analógico, presente en ese bucle de guitarra. “Picnic en el parque” sube el nivel de azúcar como si de una canción de Danza Invisible se tratara recordando viejos y tiernos tiempos.

El tercer corte merece un aparte: fue el último en ser compuesto y el que a la postre le ha dado nombre al trabajo. “Kintsukuroi” es el primer single extraído y no es de extrañar: su ritmo y la voz de María Villalón hacen de ella un hit. «Podrías pensar “qué poco valor, cuánto tiempo perdido” / Precisamente tiene valor por todo lo vivido». La oscuridad del “Big Crunch” vuelve y el miedo hace acto de aparición en “El lenguaje de las cerraduras“, una pista que pese a ello –o precisamente por eso– incita a la valentía, a simplemente vivir el momento. La canción es el anticipo perfecto para “Sobrevivimos al fin del mundo“, otro bombón electropop. Épica y sentida, su estribillo es todo lo que se le puede pedir a un single. Es carne de playlist.

En sexta posición, le toma el relevo  “Un óbolo a Caronte“, que es todo lo contrario. Íntima y minimalista, con ecos de R&B, sorprende abriendo la segunda mitad de un álbum que se acelera en el último tramo. Lo hace con cortes como “Línea recta” («Curioso que el tiempo, aún siendo intangible, sea un bien codiciado para atesorar») y “Yo también sé jugar” («El tiempo y su manía de arreglarlo todo es un antídoto eficaz»), que confirman las influencias ochenteras que Ayllón cita, a la par que juegan con las manecillas del reloj. Entre medias, “Attacus atlas” pone algo de cordura y eleva la intensidad («Aliméntate de mí, sacia tu hambre de mañana») con Mäbu como brillante coprotagonista. Cierra Kintsukuroi con “Obsolescencia programada“, un réquiem futurista que le pone fin a esta sufrida y disfrutada experiencia vital para que pueda nacer otra.

Ayllón ha facturado un disco de alma indie pero con sonidos fácilmente reconocibles para los amantes del clásico pop mainstream; un álbum completo y con gancho que lo mismo te sume en tus pensamientos que te pone a bailar. Eso sí, que su solidez no te lleve a engaño, el secreto de Kintsukuroi está en las cicatrices, esas que recorren sus diez canciones dándole un sentido al todo.

Kintsukuroi verá la luz el 31 de enero editado por Ayllón Records.

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