Crónica del fin de gira de E&E de Love of Lesbian en Zaragoza

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El pasado domingo, Love of Lesbian ponía punto y final, en Zaragoza, a su última muestra de creatividad, su gira de espectáculos “E&E”: una serie de conciertos teatralizados que han contado con la colaboración de Guillém Albà como director escénico con el fin de reflejar la música como espejo de la realidad o como creadora de espejismos donde refugiarse y que han paseado por parte de la geografía nacional en entornos más íntimos de lo habitual.

En este caso la cita era en la Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza y mucha fue la expectación causada debido al anuncio en el que la banda expresó su deseo de dejar 2015 en barbecho, tras dos años y ocho meses de conciertos ininterrumpidos, para tomarse un descanso y volver al proceso compositivo con nuevas fuerzas y energías renovadas.

Pese a que normalmente intento ser bastante neutral y objetiva a la hora de escribir las crónicas, creo que, en este caso, me voy a conceder una licencia para rememorar un espectáculo del que salí maravillada por los sentimientos que me removió y del que esperaré ansiosa su lanzamiento en DVD. Quizá sea simplemente que fue el primer concierto teatralizado que viví, o quizá no. No es que sea la mejor fan de LOL, ni de ninguna banda del mundo pues nunca consigo aprenderme las canciones más allá de algún estribillo machacón; así que deseo que esto me sirva como un ejercicio memorístico que podamos releer durante este año de ausencia y con el que, si consigo transmitiros alguno de los sentimientos que me generó, estaré más que satisfecha.

En el escenario multitud de cajas apiladas aguardaban la salida del grupo que hizo su aparición con los primeros acordes de Nada. Poco (o nada) sabía de antemano de este espectáculo, pero la primera canción que me vino a la mente fue precisamente ésta. Un medio tiempo compuesto para que podamos ver su esplendor a contraluz, sin grandes artificios, solo luces y sombras.

Tras ella, una de las esperadas, 1999 y Cuestiones de familia, hacían que la atención se centrase por completo en los focos principales, no se escuchaba ningún otro ruido ajeno a la música y las espaldas se pegaban a las butacas buscando asimilar cada cambio de luces, cada foco, cada acorde, cada movimiento.

Por primera vez, pudimos oír la voz de Santi Balmes dirigiéndose a nosotros, dándonos la bienvenida al almacén de los recuerdos, entre ellos, el de sus primeras actuaciones en la ciudad, en la Lata de Bombillas antes de que la vorágine les llevase a lo más alto. Actuó de cicerone-monologuista explicando, en ocasiones, el por qué de sus canciones, en ocasiones, sus reivindicaciones. Avisados estábamos de que no era un concierto más y que en cualquier momento la situación y las emociones podrían hacer que alguno de ellos “petase a llorar”. Y comenzó La niña Imantada, y desde ese momento, fueron ellos los que ejercieron un campo magnético sobre nuestras miradas, y los primeros coros tímidos y eclesiásticos aparecieron por petición de la banda.

Con La noche eterna, los fogonazos tomaron el papel protagonista hipnotizándonos a todos y con 2009, la magia se extendió cuando las cajas se abrieron y cerraron automáticamente iluminadas en su interior creando una atmósfera intimista. No todo va a ser descriptivo; quizá la única pega (si se puede llamar así) que eché en falta, en determinados momentos, un poco más de naturalidad a la hora de cambiar de posiciones, pero en un espectáculo en el que cada movimiento está medido es fácil caer en la repetición y eso, en ningún momento, nos alejó de nuestro objetivo de disfrutar con la música.

Después de Carta a todas tus catástrofes, en la que un zeppelín hinchable recorrió el auditorio, el escenario mutó y pasó del almacén de recuerdos a una ciudad en la que los sueños, las fantasías y las proyecciones se confunden y vagan entre la realidad y el mundo de la invención. Con los días no vividos, nos lamentamos todos por las decisiones que nos han llevado a tener nuestra vida y no otra, más o menos deseada. La escenografía de Wio tardará mucho en borrarse de mi disco duro. Y con la apuesta intimista de Me llaman octubre, nos explicaron sus planes de futuro que pasan por tomarse un descanso durante 2015.

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El momento más especial de la noche estaba a punto de acontecer. Decidieron minimizar aun más su actuación y alejarse de los micros para ofrecernos Segundo asalto desde la platea. No hizo falta que pidieran silencio, pues solo lo rompíamos con los aplausos canción tras canción. Aun a sabiendas de la buena acústica de la sala, me parecía imposible ante el aforo presente (desconozco el número exacto, pero excedía del millar), pero la imposibilidad se tornó en belleza; el silencio se tornó en una atronadora ovación que nos puso a todos en pie; y las emociones, en los primeros sollozos de la banda que iba a despedirse por un año de los escenarios.

Y nada fue igual, con La parábola del tonto revivimos nuestros momentos más angustiosos y atormentados con Santi encerrado en una bolsa de plástico gigante cantando que hizo que todas las terminaciones capilares se me erizasen.

Tras Limusinas, entramos en una nueva parte del show en la que los espejismos están formados por nuestros propios rollos mentales. Universos infinitos tuvo un final apoteósico con Santi gritando y apagando su voz al alejarse. Domingo astromántico, Historia de una h que no quería ser muda y Un día en el parque nos dieron la vis más cómica al convertirse en consejeros.

Y empezó la despedida, Oniria e Insomnia se convirtieron en dos títeres que recorrían una cuerda y nos volvimos a conmover y nos volvimos a poner en pie. Y se bajaron del escenario con Maniobras de escapismo.

Regresaron con bises y delirios varios fuera del espectáculo de “E&E” que pusieron el broche a una noche excepcional. Fan de John Boy pasó por Casablanca para llegar a Buenos Aires y sonar como un tango; tocaron Allí donde solíamos gritar porque no se imaginan estar un año sin hacerlo y en el estribillo desapareció el patio de butacas y volvimos a los conciertos habituales, de pie, aplaudiendo, saltando y coreando. Nos desearon feliz año nuevo, sonó Belice, y la fiesta continuó con el vicio adquirido en México de tomarse unos tequilas y brindaron por lo hermoso que es vivir un sueño con sus mejores amigos, con los mosqueteros. Quizá sea donde radica su éxito y… Hablaron de música, agradecidos por seguirlos, sabiendo que hay discos mejores y peores, nos alentaron a encontrar bandas a las que seguir durante su año de ausencia para comprar sus discos, ir a sus conciertos, pero dejándoles la puerta abierta para regresar a nosotros como ellos la tendrán siempre para nosotros.

Incendios de calor y Manifiesto delirista fueron los dos últimos temas de los que se convirtieron por una noche en los niños imantados.

Un concierto disfrutado por muchos que no me hubiese perdonado el habérmelo perdido.

 

¡Gracias!

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