Jorge Drexler: el canto como trascendencia de la condición humana
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Imagínese participe de la construcción de otra realidad y todo lo que ello implica, esa es la atmósfera que Jorge Drexler y compañía crearon.

Éter:

3. m. Fís. Fluido sutil, invisible, imponderable y elástico que se suponía que llenaba todo el espacio y, por su movimiento vibratorio, transmitía la luz, el calor y otras formas de energía.

<<Esto que canto ahora
continuará,
derivando latente en el éter
eternamente.>>

Querido lector, imagine un espacio separado de la cotidianidad, un lugar a donde todo lo que cree se conjugue diferente, a donde el mismísimo eco resultante del sonido no resuene sólo en sus oídos, sino que la vibración llegue hasta su corazón transformada en sentimiento, imagínese participe de la construcción de otra realidad y todo lo que ello implica, esa, esa es la atmósfera que Jorge Drexler y compañía en complicidad con el público crearon en una noche inolvidable.

Los otros protagonistas, los espectadores, son tan variados como diversos los colores, los hay de traje y corbata, de vestido y mezclilla, entre todos ellos, hay una mujer que llega sola, está en sus veintitantos, usa lentes de armazón rectangular, un delgado suéter azul y lleva el cabello corto por debajo de las orejas, es la única que suelta un grito cuando Marwan, músico español telonero de turno, anuncia que cantará “Carita de tonto“, el canto tímido de ésta chica de nombre desconocido sabe a melancolía, cuando termina, aplaude, grita, y acto seguido escribe algo en su celular, un mensaje para quién sabe quién, lo que quiero decir con esto, atento lector, es que hay vida en la marea tormentosa y tranquila que puede ser un público en éxtasis, desenfreno que se desato cuando el médico uruguayo salio a escena.

Hablarle atado al setlist sería sesgar la experiencia porque como ha leído siempre hay algo más, detrás de todo ello hay historias en los acordes y los asientos vacíos, los alaridos y los vasos en las manos; como los amores contrariados que entonan canciones que más que sonidos son memorias concebidas sin premeditarse, pero si insiste en saber, el recital fue un paseo musical de 1999 a 2014, de “Frontera” a “Bailar en la cueva“. Abre con “Causa y efecto“, y se nota un contraste, hay quienes la cantan con un palmo en la lengua, y otros más discretos que la susurran.

Polvo de estrellas” es la siguiente, y nos recuerda a todos nuestra naturaleza cósmica, acentuando el valor de la vida tan vapuleado por la barbarie y el cuasi culto a la muerte que nos asola, una especie de mantra para no olvidar que nuestra existencia y acciones van más allá de lo mundano, y siguiendo los bemoles “Sanar” nos invita a abrazar los altibajos que suceden mientras uno vive.

Drexler es un sabedor de que la persona es consecuencia de su contexto histórico, “El pianista del gueto de Varsovia” es un viaje en el tiempo y a la reflexión, un ensayo sobre la empatía con la otredad, que critica y condena a su vez la sinmemoria con su verso “Y el mundo no aprende nada, es analfabeto, y suena tu piano sólo que en otros guetos”. Continúa con “La edad del cielo“, un desprendimiento poético de la realidad, creadora de una aura de tranquilidad.

Perfume” y “Eco” se combinan, Supervielle con sus teclados, su tornamesa y su talento lo hace brillantemente, un personaje al que se le pueden dedicar escritos enteros, colaborador de Jorge durante muchos años, que por las trivialidades del tiempo nunca habían estado juntos en México dando un concierto.

Después llegó el anhelado momento bohemio, a donde Drexler queda a merced del público sólo con su guitarra, su improvisación, sus canciones y su voz, “Fusión“, “Guitarra y vos“, “Sea“, “Corazón de cristal“, “Don de fluir” y “Noctiluca” son la elegidas de entre su extenso repertorio por él y el público, haciendo también lo inesperado cantando “When I”m sixty four” de los Beatles, todo este momento recordó a los viejos recitales del uruguayo, donde con traje de sastre se subía solo al escenario.

Se va, se va, se fue” y “Universos paralelos” trajeron a sus acompañantes de vuelta, “La milonga del moro judío“, trajo a Marwan poco antes también, y “Deseo“, en una versión de cumbia puso a todos de pie para intentar moverse entre los finitos espacios que hay entre butaca y butaca en el teatro, después “Bolivia” con su estilo villero ya sabía a desenlace.

Durante todo el recital el aquí y ahora se desfasó, y por consecuente lo perecedero parecía ir más allá de las fronteras del tiempo, pero ya estaba vaticinada la despedida, “Bailar en la cueva“, “La luna de Rasquí” y “Todo se transforma” fueron el encore para ir diciendo adiós de a poquito, las luces se encendieron y el Metropólitan se ahogó en aplausos, la gente regresaba a la rutina, al escozor del día a día, sin embargo lo hacían con una sonrisa traviesa, sabedora de que tal vez, sólo por un momento, fueron parte de un todo mayor, donde el lenguaje no alcanza y la expresión más fiel a lo vivido son las miradas de complicidad que las palabras no saben descifrar.

Texto por Marco Nicolás

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