Crónica emocional de Bryan Ferry


El miércoles pasado enviamos a nuestro redactor-satélite, Aarón Sáez (lo conoceréis de anteriores episodios como miembro de Varry Brava, Dúo Orquesta Regalizes y Piyama) a que cubriera el concierto del Sr. Bryan Ferry en las Noches del Botánico, aquí nos lo cuenta.


Texto: aarönsaez

¿Sabes que a Bryan Ferry le huele el aliento?

Lo decían Siniestro Total, no yo.

Son las 21h, estoy tomando cañas con unos amigos en Lavapiés, me urge emborracharme con ellos, pero no puedo perder la oportunidad de ver a Bryan Ferry. Estoy al borde del fracaso absoluto cuando me equivoco de línea de metro pero reacciono a tiempo y cruzo la puerta de entrada al concierto justo justo justo en el primer acorde del primer tema. Hemos ganado.

Me pido una copa y la segunda canción es: ¡¡¡’Slave to love’!!! Me está tirando a dar, es una de esas canciones a las que le haría el amor, tendría pequeños «slaves to love» con ella y la besaría hasta el amanecer. Y acaba de empezar el concierto.

Pero algo no me cuadra. Más vale ser punki que maricón de playa. No lo digo yo, lo decían Siniestro Total, y yo he venido a escuchar el sonido de los maricones de playa, el pop elegante, absorbente y ambiental que fue lo único con enjundia real para plantarle algo de cara al punk (y derivados) de finales de los 70 earlys 80.

Pero no lo encuentro. Baterías con demasiada pegada, guitarras agudas y demasiado delante (el rubito de pelo largo con la Gibson no es Phil Manzanera, en serio, ni cerca) y entre solos demasiado continuos y previsibles, pierdo y no encuentro el sonido de sintes y texturas que hizo grande a Roxy y años más tarde a Bryan en solitario. Si te coge Brian Eno te lo explica. En fin.

Tras la cierta desilusión de escuchar descafeinada una de esas canciones que te hacen querer ser músico, me relajo y miro. 10 músicos, entre ellos dos black back singers que más que sumar intentan tapar la edad de la voz de nuestro insigne frontman, que tampoco está teniendo una noche fabulosa en cuanto a sonido y registro vocal se refiere.

Igual estoy negativo, venía a llorar pero ni he sollozado.

Mientras la banda deambula por un sonido medio pop-rock estático y poco emocionante, me canso de buscar los sonidos de los sintes y las cajas de ritmo (que no aparecen) y me voy a por otra copa.

Al volver nos lanzan algo más rock y le dan importancia a la saxofonista. Quería que fuera mi mujer, le grité desde la octava fila pero no me oyó, y siguió tocando. Clase, buen gusto, y un bálsamo cada vez que aparece entre solo de batería estéril y guitarrazo rock trasnochado.

No llevamos ni una hora y de repente aparecen ‘More than this’, ‘Avalon’ y ‘Love is the drug’. Ya podemos irnos si queremos. Han sonado mejor que el resto y Bryan parece que se viene arriba.

Cuando esperaba ‘Don’t stop the dance’ (porque yo voy a lo mío) veo como unos guiris celebran, cantan y bailan los momentos rock (versión de Neil Young incluida a medio concierto) y entonces entiendo que tal vez yo busco un momento en el que la banda no está, definitivamente.

Cuando se despide, cantamos todos a coros el ‘Jealous Guy’ de Lennon (que puta buena versión) y poco más.

No todos lo días se ve a Bryan Ferry, y yo me voy contento, aunque no embelesado. A la salida me voy a comprar una camiseta de Roxy Music pero vale 30 pavos y un paraguas con la portada del Country Life, pero no quiero ni preguntar.

Vuelvo a casa. Siempre diré que vi a Bryan y tú no.

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