Crónica: Bosco y la experimentación campestre


Crónica del espectáculo multidisciplinar que ofrecieron Bosco en su visita a la madrileña sala Siroco el pasado 8 de septiembre.


El Pisuerga pasa por Valladolid y el quinto centenario de uno de los pintores flamencos más crípticos ha pasado por Madrid durante varios meses. Aprovechando los fastos finales, bien que hicieron Bosco, formación murciana, en subirse a la capital para formar parte de la pictórica fiesta. La cita tuvo lugar en la sala Siroco el pasado 8 de septiembre y la incursión en sus bajos nunca tuvo un sentido tan grutesco. Un concierto inimitable e inclasificable a partes iguales.

Con unos minutos de retraso sobre la hora, descendí a la planta de los eléctricos. El público se hospedaba en las escaleras a sabiendas que en el espectáculo que los murcianos organizan una ha de estar ojo a vizor de cada giro dramático de la puesta en escena. Nada de visitar baños, barra o hablar con el vecino. Bosco ejecutan una obra de arte total en el que son tan importantes las declamaciones del cantante como los solos de saxofón, guitarra o los expresivos aullidos que conmueven sus temas. Durante la hora larga de directo a tu cabeza llegaron, seguro, recuerdos de cuentacuentos para adultos sin el síndrome de Peter Pan, juglares del medievo cantando los amores de la luna y el soldado herido o el Bowie más siniestro de ‘Dentro del laberinto’. Bosco son atemporales y versátiles en su repertorio y en su ejecución, dando sentido a términos como globalización, tribal o folklore.

Orfeo redivivo comandaba a una banda de músicos que parecían llegar de una realidad paralela en la que letras bucólicas se unían a una espiral de sonidos eclécticos que mezclaban el rock, el reggae o el funk. Garcilaso seguía pastando con sus Églogas candelabro en mano mientras que las primaverales ninfas de Shakespeare danzaban a su ritmo sobre el escenario y coronaban a su nueva reina entre el público en ‘Lo Natural’. Si el monje hermético de Friedrich hubiera estado entre los presentes, se habría despojado de sus incertidumbres al ritmo que Orfeo marcaba. ¿Quién dijo que un concierto ha de ampararse solo en la unidireccionalidad del mensaje? La parroquia atendía sectariamente a las directrices que se marcaban durante el concierto desde los altares del escenario (salvo estúpidas excepciones que no tuvieron otra que romper el silencio creado con un tercio de cerveza): dando palmas en las cabalgadas o aullando como lobos hambrientos. Un experimento antropológico que mostraba sensaciones catárticas en ambas direcciones en temas como ‘Escucha la Luna’ o ‘Children of the Island’. Una experiencia extrasensorial para aquellos que gusten de conciertos fuera de la corriente habitual. Una experiencia sólo apta para mentalidades abiertas que hayan sido capaces de visionar imágenes de la Santa Compaña y el Fellini más surrealista en el apoteósico final del concierto de Bosco.

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