Bacán de Opatov es más que rock espacial


Opatov ha cumplido con las expectativas más optimistas que había en torno a Bacán, un álbum que oscila entre la libertad de la psicodelia y la oscuridad del post-punk, siempre bajo un manto lo-fi.


En un principio, la apuesta de la banda de Cerdanyola del Vallès no podía parecer más arriesgada. En un mundo inundado de música sencilla y de música bailable (incluso de música sencilla y bailable a la vez) apostar por la psicodelia y el post-punk es temerario, la recompensa no parece compensar semejante salto, y sin embargo Opatov han salido muy reforzados del estudio. No hay nada de casual en Bacán, es un álbum muy trabajado y en el que las piezas encajan con mucho mimo. Las canciones avanzan imprevisibles durante todo el trayecto sin perder en ningún momento su identidad gracias al imponente y siempre reconocible trabajo realizado desde la batería, cuyo ritmo nos traslada al más elemental krautrock. El constante uso del echo y del fuzz unidos al particular uso del estéreo dotan a Bacán de una capa lo-fi que termina por homogeneizar el conjunto sin provocarnos la sensación de estar escuchando siempre lo mismo. Y por si fuera poco, unas gotas garageras terminan por romper cualquier atisbo de monotonía. La coctelera de Opatov destila brebajes adictivos y que conquistan a la primera.

Descifrar las influencias de Opatov resulta complicado, pero inevitablemente hay sonidos que nos llevan a otros, y de forma directa o indirecta se hacen identificables en Bacán. Quizás la identificación más sencilla (y probablemente errónea) que se puede hacer es la Bacán con el Innerspeaker de Tame Impala, el álbum más psicodélico y confuso de los australiano, y es que el uso del echo es similar en las guitarras de ambas obras. Tampoco podemos olvidar a uno de los padres del rock espacial, Pink Floyd, y su primer líder, Syd Barrett, que con ‘Interstellar Overdrive’ abrieron las puertas del género de par en par. En Bacán hay mucho de esto, de puertas abiertas, de acid jazz, con pasajes realmente oscuros de los que solo se puede salir siguiendo el mismo hilo musical que te ha sumergido en él. Volviendo a bandas contemporáneas, también hay similitudes con la obra de TOY, probablemente el grupo que mejor ha sabido sumergirse en el kosmische y el post-punk de los últimos tiempos. Los paisajes gélidos basados en el sonido colmado que crea Opatov tienen mucho que ver con los de la banda británica. Quizás, si echamos la vista aún más atrás podamos encontrar incluso trazas de bandas míticas de los ochenta como The Church o The House of Love. No está exento Bacán de garage, un garage que casi enlaza con el punk a veces y con claras reminiscencias a The Stooges o MC5, o a la no menos mítica banda peruana Los Saicos. Estas trazas se hacen presentes sobre todo en las guitarras y en las explosiones sonoras de la batería. Por último, y como apunte casi cinematográfico casi, la trompeta aporta un sonido carismático e inconfundible que funde western y rock espacial, como si de una banda sonora de Ennio Morricone se tratara. La riqueza del sonido de Opatov es casi enciclopédica, y la forma forma de plasmar las diferentes características de cada estilo es lo que hace que el trabajo de la banda sea exquisito.

Opatov
Fotografía del Facebook de Opatov.

Arranca el álbum con ‘I, Ignorant’ una canción que marca el perfil de lo que será Bacán. La guitarra capitanea los momentos más álgidos del tema, bien respaldada por una espectacular batería y un invisible a la vez que imprescindible bajo. La batería se bate en duelo con la trompeta al ocaso de la canción. Es este último instrumento el que hace realmente especial a ‘I, Ignorant’, dotándola de un carácter gélido e impenetrable en primera instancia. Continúa Bacán con ‘Cuático’, que comienza espectacular gracias de nuevo al toque de trompeta. Más rápida que su antecesora, pero sin abandonar el sello espacial. Toma el relevo ‘Bottle Glass’ y su imponente percusión, pasamos del espacio al western (¿o es que son lo mismo?). La línea de guitarra juega a lo largo de todo el minutaje con una estructura casi bluesera, de preguntas y respuestas continuas. Pasamos a ‘Look Like a Fool’, primer punto de inflexión del álbum. Batería y bajo se alían para crear un ritmo base lento y penetrante. Vuelven a aparecer trazas de post-punk en un ambiente sonoro cargado, repetitivo (enorme el bajo) e indescifrable para el oyente. La guitarra juega el papel de salvavidas, sacándonos de esa buscada monotonía.

‘Someone Unknown’ termina por romper la baraja. Sus estribillos toman el protagonismo y su melodía nos remite a la música negra norteamericana. No es hasta el último tramo cuando volvemos a encontrar la constante de Bacán, esos pasajes instrumentales que nos sumergen en un océano de paz y confusión. Nuevo salto hacia delante, esta vez titulado ‘No lo Ves’. El ritmo garagero se adueña del álbum en esta canción de casi seis minutos. Sin embargo esto no dura demasiado, ya que pronto se produce un marcado frenazo para que las guitarras se reten en duelo: tocata y fuga guitarrera bajo un manto de ácido. Espectacular. La influencia del kosmische se hace palpable en ‘No lo ves’, posiblemente uno de los temas más completos del álbum.

‘Spiders’ inaugura el último tramo del disco volviendo a ese sonido western, a veces estelar, que ya conocimos de pasada en ‘Bottle Glass’. En esta ocasión suena más claro, y la estructura de la canción, más clásica, hace que se termine de hacer totalmente visible. ‘Couch on a Field’ es una oda al sonido garage rock de los sesenta. La batería y el bajo vuelven a crear una base inmejorable para que la guitarra se adueñe de la canción, y finalmente, la trompeta complete esta orgía musical. Finaliza Bacán con ‘Mad Bunch’ una megaconstrucción de más de ocho minutos en la que todos los instrumentos gozan de protagonismo, condensando la esencia de Bacán en una sola canción.

Bacán de Opatov es uno de los mejores discos de rock psicodélico y espacial lanzados en los últimos tiempos. Han creado un sonido complejo y sólido bien sustentado por un bajo imperturbable y una batería que no tiene problemas en ser protagonista. Las líneas de guitarra terminan de expandir su universo sonoro, a veces funcionando de forma casi independiente entre ellas, y a veces cruzándose una y otra vez entre ellas. La guinda la pone una trompeta que termina por hacer único el ADN de Opatov. Por si fuera poco consiguen no sonar siempre a lo mismo pese al uso de los loops gracias a unos temas con estructuras poco convencionales y a uno sonido que sabe mezclar bien el agua de sus fuentes. Quedan esperanzas para el rock psicodélico peninsular.

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