Antonio Vega y la enormidad

antonio vega

Seis años han pasado desde aquel día en el que entré en la facultad escuchando la radio. Pensé en apagar el dichoso móvil, como si la tecnología tuviera la culpa de que la voz que encarnaba el espíritu de los ochenta -y con la que yo había crecido- se hubiera extinguido para siempre. En realidad eso fue lo que me rondó por la cabeza durante unas horas, luego me di cuenta de que Antonio Vega se había convertido en sempiterno.

Tenía un pelo castaño oscuro que normalmente se veía desordenado y marchito. Como el de los abuelos que acumulan muchas experiencias vividas, pero sin apenas canas. Sus cejas carecían de la curva natural característica de esta parte del rostro. Eran prácticamente rectas. Algo que le otorgaba una apariencia de extrema tristeza. La mirada endurecida y castigada pero tras la que se divisaban infinitos campos y océanos de sol. Una mirada que lo observaba todo con curiosidad y mucho cuidado. Como si no quisiera alterar el orden las cosas. Transmitía la sensación de dejarse llevar fácilmente por la corriente hasta donde ya no se hace pie. Él mismo sentía su fragilidad en este mundo descomunal. Le daba miedo la enormidad donde creía que nadie oía su voz. Creía.

Ángel Carmona, locutor de Hoy Empieza Todo, decidió proponer un homenaje para el cantautor. Todo el que quisiera podía contribuir grabándose tocando una canción de Antonio Vega y subiéndola con el hashtag #unadécimadesegundo. El resultado -de todos los colores y lleno de matices- se puede disfrutar en YouTube y un claro ejemplo es que aparece arriba.

Fue el compositor de ‘La chica de ayer’ -considerada la mejor canción del pop español según la revista Rolling Stone-. La canción principal de la banda sonora de los 80 en general y la Movida en particular. Un tema que anidó en su cabeza mientras cumplía el Servicio Militar en Valencia, en 1977, y que en 1980 apareció grabado en el primer vinilo de Nacha Pop, el grupo con el que se dio a conocer. A partir de los noventa, comenzó su andadura individual.

Gracias a él aprendimos que no hay nada mejor que revolver el tiempo con el café. Que somos incógnitas por resolver. Que el silencio, la brisa y la cordura pueden dar aliento a la locura. Que de los equipajes que se pierden entre viaje y viaje sólo queda recordar. Que la alegría cuanto más indiscreta, mejor. Que hay un sitio al que todavía se puede ir por la noche a escuchar canciones para volver a amar. Y ese templo es El Penta.

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