Amaral, noctámbulos en la Ciudad Condal


Eva Amaral y Juan Aguirre presentaron en Barcelona bajo el cartel de entradas agotadas Nocturnal, su último trabajo, en un espectáculo donde no escaseó la energía, la electricidad ni la nostalgia de sus grandes éxitos.


Bajo constelaciones móviles y puntos de luz a modo de estrellas que se alzaban en el escenario, miles de personas esperaban en la pista del Sant Jordi Club el apagón de luces que significaría el comienzo del show de los zaragozanos Amaral, que aquella noche tocaban bajo el cartel de entradas agotadas, colgado escasas horas antes del concierto.

Los primeros fans aguardaban en la puerta del recinto desde tempranas horas de la mañana, encabezando una masa de gente que rodeaba la sala; más de 4.000 personas que aquella noche se moverían bajo el cielo nocturno que Amaral habían creado para la ocasión, y donde cantarían, con más sentido que nunca, aquel “quiero vivir, quiero gritar, quiero sentir el universo sobre mí” de uno de sus temas más conocidos. En cuanto abrieron las puertas, hacia las siete y media de la tarde, los asistentes fueron ocupando el recinto por grupos, aunque lo último que consiguieron fue orden y tranquilidad; se respiraba la prisa en busca de las primeras filas, y minutos después ni tan solo se percibía el asfalto de la pista. Se sentaban, se levantaban, contaban los minutos que quedaban para el inicio del concierto mientras se hacían fotos con el escenario de fondo…

El pistoletazo de salida

Todo estaba colocado en sus respectivas posiciones: a la izquierda la guitarra de Juan, en el centro el micrófono de Eva, quien tenía unos pasos atrás el teclado de Tomás Virgós, seguido a la derecha del bajo de Ricardo Estaban y la batería de Toni Toledo, todos ante la gran pantalla circular que gobernaba a sus espaldas, donde se irían proyectando distintas secuencias según la canción que sonase, alternándose con imágenes del grupo en directo. Mientras tanto, algunos miembros del staff merodeaban por el escenario rasgueando las guitarras y probando los micrófonos, comprobando que todo estaba listo para brillar aquella noche, tras la prueba de sonido que se había realizado unas horas antes, y sonaba de fondo la playlist que acompañaría a Amaral en todos los conciertos de la gira, cuyo propósito era ‘dar ambiente’, aunque más que amenizar la espera la acrecentaba: queríamos música, pero queríamos a Amaral.

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La puntualidad inglesa que les caracteriza no se ausentó tampoco en esta ocasión, y rondaban las nueve y media de la noche cuando el lugar se oscureció por completo y comenzó a sonar, acompañada de gritos eufóricos y aplausos, ‘All tomorrow’s parties’, de The Velvet Underground, el pistoletazo de salida del grupo; un viejo conocido más que esperado por sus seguidores. Aparecieron el batería, el bajista y el teclista, seguidos por Juan Aguirre, que tras colocarse en su lugar en el escenario alzó la guitarra a modo de saludo y gesto de gratitud a todos los asistentes, quienes respondieron con un tremendo aplauso al guitarrista, estruendo que creció segundos después cuando entró, enfundada en un vestido negro con estrellas blancas y cargando con su guitarra acústica, Eva Amaral.

La hora de la revolución

La cantante, que presidía el escenario, cerró los ojos mientras respiraba hondo y seguía el compás de ‘Obertura’, un tema instrumental que precedió a ‘Unas veces se gana y otras se pierde’, la primera canción de la noche, en la que solo bastaron los primeros versos para asegurarnos que aquella noche su voz volvería a brillar de nuevo. “He bajado hasta el puerto y he escuchado las sirenas de los barcos que llegaban de alta mar”, así sonaba el inicio del tema, acompañado por la imagen de un faro que se proyectaba en la gran pantalla; poco después, Eva miraba al público y extendía los brazos abiertos hacia la multitud mostrando un gesto de resignación mientras entonaba el estribillo: “¿Para qué gastar el tiempo en convencerte? Unas veces se gana, y otras se pierde”.

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Se difuminaron los últimos acordes. Eva dio las gracias, saludó y… tosió. Tranquilidad, nada iba a debilitar su voz aquella noche, y así lo demostró al coger su pandereta, cuando con la mirada perdida en el suelo estalló el inicio de ‘Revolución’. Incluido en su cuarto álbum Pájaros en la cabeza (2005), desde entonces no ha dejado de sonar en ningún concierto del grupo, y como de costumbre, consiguió levantar una vez más a la sala al completo entre saltos y gritos. El ambiente nocturno del escenario se tiñó de destellos rojos, mientras la cantante aragonesa se paseaba de punta a punta del escenario con el micrófono en alto apuntándolo al público, una masa de fuerza que en aquel instante se convirtió en “una luz cegadora más brillante que el sol”, como dice la canción, que repetía a coro “Revolución, este es el día de la revolución”.

Lágrimas y dudas en el aire

El recinto no dejó de vibrar con el siguiente tema, ‘Kamikaze’, con el que se vivió al pie de la letra lo que dicta la canción: “estas ansias de vivir no caben en una canción”, pero la euforia se transformó en melancolía cuando en el fondo del escenario se proyectó la silueta de una mano en tonos rosados y empezaron a sonar los primeros acordes de ‘Salir corriendo’, un tema en contra de la violencia de género incluido en su álbum Estrella de mar (2002) que han recuperado después de su ausencia en las dos giras anteriores. “¿Cuántas lágrimas vas a guardar en tu vaso de cristal?” preguntaba Eva, y lo cierto es que más de una lágrima se derramó a lo largo de la canción, tremendamente emocionante y sencillamente sublime.

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Después de aquello nadie salió corriendo, porque nos hicieron viajar en su nave del tiempo a 1998 con ‘No sé qué hacer con mi vida’, uno de los singles de su primer álbum que sorprendió por un estilo más rockero y un cambio en la letra: “Mírala, esta es tu niña, sola y herida“. Una batería de preguntas comenzó a sonar con la siguiente canción, ‘Laberintos’, donde la mano gigantesca se transformó en un laberinto giratorio para acompañar a lo que nos preguntaban los versos de la canción: “¿Dónde está el amor? ¿Y su destrucción? ¿Dónde está la euforia? ¿Dónde está la depresión? […] ¿Dónde nace la adicción? En los laberintos de nuestra imaginación”. Así de contundente fue la respuesta que Amaral nos dieron, a pesar de que sus versos entonasen “y no hay respuesta para tus preguntas, solo un turbulento mar de dudas”.

Heroínas, universos paralelos y mucha marcha

Siguiendo con el nuevo álbum, tras ‘Laberintos’ sonaron ‘Nocturnal’ y ‘Lo que nos mantiene unidos’, el segundo single de este nuevo trabajo discográfico, donde la mano laberíntica viró para convertirse en una bola de discoteca, ante la que Eva Amaral bailaba como si no hubiera mañana: “cada día muero, luego resucito entre los muertos, y ya no tengo freno”. Ellos sí que no tenían freno, y así lo demostraron con la deseada ‘El universo sobre mí’, otro de los himnos del grupo que se cantó desde principio a fin a coro con el público, el gran protagonista en los últimos segundos de la canción, al alzar los dedos para acompañar a los versos de cierre de esta, simulando esa última “vela encendida en medio de la tarta, que se quiere consumir“.

Y de alzar los dedos pasaron a levantar bien alto las dos manos, imitando a la cantante, en ‘500 vidas’, un tema que habla de capturar un momento de la vida y guardarlo dentro de una botella, para poder abrirla y así olerlo y revivirlo siempre, tal y como explicó Eva. Ojalá hubiésemos podido “capturar ese momento y convertirlo en un segundo eterno“; “vivir 500 vidas, una distinta cada día“, o “desafiar las leyes de la vida y de la muerte“, como dictan algunos versos de la canción, pero la única que cumplió lo que salía de su boca fue Eva Amaral, al pronunciar “quiero vivir 500 vidas, quiero una distinta cada día, unas donde sea la heroína, otras donde esté entre bambalinas”, porque ella sí que fue la verdadera reina de la noche.

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“A veces te mataría, y otras en cambio te quiero comer…”

Se acercaba el ecuador del concierto, en la pantalla flotaban medusas y de fondo sonaban unos acordes fríos; era inconfundible: ‘Estrella de mar’, uno de los platos fuertes de sus conciertos, especialmente por el derroche de voz que desprende la zaragozana al final del tema, mientras extiende los brazos y no deja de repetirnos “tú y yo nos abrazamos, sí, tú y yo. A pesar de su petición, no pudimos abrazar a nadie, porque sin silencio alguno empezaron los primeros versos de ‘Noche de cuchillos’, tema que cierra su último álbum y que han recuperado años después de haberlo compuesto para un corto, aunque con cambios en la letra y la música.

Donde no hubo modificaciones fue en otro de los temas de oro de la noche, ‘Cómo hablar’, con el que Eva bromeó haciendo referencia a la letra de la canción: “¡Qué coincidencia, siempre que tocamos en Barcelona es sábado!“, para cantar unos segundos después “Nos dijimos adiós y pasaron los años, volvimos a vernos una noche de sábado”. Nosotros sí que no sabíamos cómo hablar tras aquella actuación de diez, y se nos siguió erizando la piel con el tema que enlazaron a continuación, ‘La ciudad maldita’, una canción dedicada a la tía de la cantante que habla de saber perdonar y de no esconder las heridas, sino de sacarlas al exterior para que puedan curarse; en palabras de la cantante:

Solo diciendo la verdad se puede mirar hacia el futuro.

La fauna de Amaral: entre animales y amigos

Llegó el turno de ‘Hoy es el principio del final’, tercer single de  Hacia lo salvaje (2011), acompañada de ‘Cuando suba la marea’, incluida en ese mismo trabajo, y ‘Marta, Sebas, Guille y los demás’, recuperada en esta gira con una versión más corta, lenta y prácticamente a cappella, además de contar con alguna novedad en la letra, aunque no fue un impedimento para corear a pleno pulmón su característico e intacto estribillo, aquel que nos recuerda quiénes son sus amigos por encima de todas las cosas.

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Volvieron a la carga con una sorprendente ‘Chatarra’ en directo, potente y original en su puesta en escena, donde Eva Amaral, de pie ante la pantalla, se multiplicaba con efectos de colores. Una grata sorpresa, igual que la esperada ‘Días de verano’, otro de los hits del grupo que también se ausentó en la gira anterior, pero que llegó con una inmensa fuerza para levantar de nuevo a todas las almas de aquella sala, quienes coreaban el tema con una sonrisa, sabiendo que todavía quedaban por delante muchos días de verano.

Se fundió en la oscuridad la puesta de sol proyectada detrás de la cantante, cuando esta recuperó el theremín, un instrumento extraño, aunque habitual en los conciertos del dúo, para combinar los sonidos realmente ‘marcianos’ -si se me permite la expresión- que desprende con las primeras notas de ‘Cazador’, uno de los temas más bailables de Nocturnal (2015). “Dame al fin el tiro de gracia, apunta al blanco y dispara“; con una letra clara y concisa, aunque poco profunda, ‘Cazador’ comienza hablando de una fauna que encontrará sucesor en ‘Hacia lo salvaje’, todo un grito hacia lo desconocido que esa noche sorprendió con un final mucho más fuerte y espectacular gracias a las modulaciones de voz de Eva.

El principio del final

Tras aquel grito de guerra se hizo el silencio y se despidieron rápidamente del público, pero reinó la calma. Nadie se movió de su lugar, faltaban canciones, faltaban ellos, pero lo que no escaseó fueron los gritos de la marabunta que repetía: “¡Otra, otra, otra!”. A Amaral no les quedó otro remedio que volver a salir al escenario, donde dieron comienzo al primer encore con ‘Siento que te extraño’, un melancólico tema de Una pequeña parte del mundo (2000), que consiguió hacer brillar los ojos de todo el personal; ya lo dicen sus versos: “La melancolía es un licor bien caro, y no te has dado cuenta ya te ha emborrachado”, y una vez más, no se equivocaron.

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Aquello se acababa y llegó la hora de transportarnos literalmente a otra dimensión con ‘Llévame muy lejos’, eléctrico y onírico, que llegó seguido de otro de sus temas imprescindibles: ‘Sin ti no soy nada’. El espacio se volvió a inundar de nostalgia, el público movía los brazos de un lado a otro al son de la canción, y es que solo faltaban los mecheros para grabarnos a fuego aquel momento. La voz calló y se escondieron de nuevo, pero el público pedía todavía más de aquel grupo que ya lo había dado todo, así que nos regalaron un segundo encore para interpretar la canción que cerraría el setlist: ‘Nadie nos recordará’.

Al acabar, Eva confesó que no sabía si después de aquel concierto alguien les iba a recordar, tras dedicarnos un “Barcelona, hasta siempre” y abrazarse con todos los miembros de la banda para saludar al público mientras sonaba ‘Moon river’. Lo cierto es que aquella noche tuvimos voz para todo, excepto para decirles que lo que se vivió allí dentro sería imposible de olvidar. Gracias, Amaral.

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