Sábado en el Fuzzville: quedará en la retina y en el cuello

Thee Oh Sees - Fotografía Blue Indigo Studio

El segundo -y último- día del Fuzzville 2016 fue el de John Dwayer y sus Thee Oh Sees. Texxcoco, Retraseres y La Moto de Fernan incendiaron el escenario Rufusville. Radioactivity dio una leccion de melodia y punk a la vez


Gracias a los recuerdos podemos ver que esta vida no es tan perra como nos parece a veces. Y necesitamos mirar lo bien que nos lo pasamos a veces, para en los momentos chungos ver que merece la pena todo. Los altos y los bajos momentos. Y es que el sábado del Fuzzville fue uno de esos días que vamos rememorar como tontos durante mucho tiempo.

A parte de perdernos la salida de La Vuelta, por la mañana en vez de ir a ver a Los Bengala, nos comemos un tigre de bengala. Teníamos una barbacoa que comer, y no pudimos ir, pero por lo visto, el batera, Borja, se ha partido el brazo y cogieron un sustituto y él siguió cantando como lo hacen normalmente. Seguramente, en el escenario principal también lo habríamos flipado, pero la piscina no iba a bañarse sola.

Después de una siesta y luchar contra las avispas asesinas dejo al trío calavera en la terracica del camping y me voy a ver a Retraseres. No me arrepiento. Mereció la pena. Unas letras cachondas y un punk divertidísimo. Una mala baba correosa y metáforas. Críticas directas en sus estribillos, por ejemplo: “Salvo a las ballenas, comiendo tofu”, también “A mi novia le gusta el yoga, pero a mí me gusta la droga” o aquella de “El cura tiene ébola, pero el ébola no tiene cura”, la de “Estoy hasta la polla del garaje, tipos con patillas y con traje”… una retahíla de temas de escasos dos minutos. Como ellos mismos dicen: tsunami de 14 temas en 24 minutos. Los Siniestro Total parecen monjitas en comparación de irreverencia. Esto sí que es empezar con el festival.

Luego llagaría el personaje del cantante de Chain and the Gang y su verborrea interminable. Que era bastante plasta, pero muy acelerado. Como si Keith Richard se hubiera puesto de peyote y anfetas y hubiera decidido coger y tirarse al punk. Que si gritos por aquí, que si animación por allá. Que si señala esto. Que si chiste de aquello. Se bajó al escenario 305 veces, mientras la guitarrista y la bajista le miraban hieráticas. El público no tenía muchas ganas de guasa y estábamos algo impertérritos ante el espectaculo. Sería por la hora. Se baja otra vez y todos se apartan menos yo, y el payico se pone a cantar en mi hombro. Yo intento quitarle la chaqueta sin éxito. Parece el Nick Cave del punk con tanto verso y tanta letra larga. Más bien el padre Apeles apostilla Daniel, siempre certero. Pero por aquello de poder opinar luego me quedo a ver el bolo entero, en el que hubo más actitud y ganas de liarla que música.

Chain And The Gang - Fotografía Blue Indigo Studio
Chain And The Gang – Fotografía Blue Indigo Studio

Pero por suerte luego llegó, el que calificaré como mejor concierto del festival. El garage alegre, dicharachero, tipo angelino y punzante de los canarios Texxcoco, nos dejó muy sorprendidos. Comandados por una Adriana furiosa, que nos encantó a todos con su frescura y garra simultánea. Una locura. Un volumen atroz y unas canciones con un ritmo genial. No podemos parar de bailar. No podemos dejar de sonreír. Lo que parecía increíble lo han conseguido. Ya no estamos sin parar de hablar de Thee Oh Sees. Ahora no encontramos el momento de volver a escuchar a este cuarteto, que está en la discográfica almeriense Clifford Records, con los cuales sacaron su último Ep.

Y aquí es donde llego el pequeño fallo. Decidimos ir a cenar al camping, dejándonos en el tintero el final de los míticos The Boys y, sobretodo, perdiéndonos el principio de La Moto de Fernan, que eran los únicos que repetían del año pasado. Con ver el final pudimos apreciar que la performance más salvaje del festival la montaron este dúo de poderoso alicantinos. En el pegajoso y concurrido escenario Rufusville, había una bailarina-gogó en una de las mesas de mármol. Y en la otra un panel para pintar con spray. Pero con la excusa de que, como somos muchos los que vamos buscando las primeras filas a ver a Juanito Dwayer y compañía, nos obsesionamos un poco con pillar un sitio que no había que reservar. Pero les vimos probar, y les vimos empezar y acabar a Thee Oh Sees, que ya es decir.

Thee Oh Sees - Fotografía Blue Indigo Studio
Thee Oh Sees – Fotografía Blue Indigo Studio

Antes de empezar me quito el pendiente. Por si las moscas. En la primera canción decimos prescindir de la camiseta la mitad de los presentes. Empiezan con un tema muy largo el cual desarrollan hasta parecer que son dos canciones. Y así seguirían toda la hora. Sin duda me lo pasé mejor que en del Primavera por que iba más relajado y no era la primera vez que los veía. Además ahora los tengo mas escuchados. El bajista mira seriamente a Juanito. Solo está fijándose en sus movimientos y tratando de ver su próxima jugada. Juanito se mete la púa en la boca y toca con los dedos para vacilarnos. Pisa los pedales como el que pisa un bicho horrible. Se acerca a un pequeñísimo teclado junto a su torre de altavoces y amplis como el que escribe el nombre del libro que busca en la biblioteca. Están tocando con muchas ganas, que por otro lado es la única forma de tocar su música, que parece sacada de otro planeta, como sus conciertos. Juanito Dwayer coge su guitarra transparente como el leñador que despelleja un roble. De vez en cuando escupe, sonríe y piensa: Menudos hijos de puta estáis hechos. Dejad de sudar ya, acho, nos espeta escrutándonos con la mirada, nos fusila con sus ojos claros. Pero se lo está pasando en grande. Se le nota en la mirada. Es hipnótico ver a los dos baterías redoblar exactamente a la vez. Parecen robots. La gente está demasiado revolucionada. No hay segundo en el que no hayan varios saltimbanquis tirándose de entre los dos bombos que ocupan el centro del escenario. Una locura. Empujones por los costados. Los seguratas descojonados. Un zagal me da en el hombro. Lo cojo y me lo llevo hasta la primera fila. No hay malos rollos y sabe que estamos en un concierto. El pogo es una maravilla. Llueven trompazos por todos lados. La gente cae como fichas de dominó. Pum al suelo. Y otro costalazo. Venga que nos vamos. Alguna losa fue partida por la barbilla de una zagala que se tira de cabeza y nadie la coge. Nada grave que no cure una caña. Pero existen ligeros descansos, como en Minotaur. Al final ya ni sé qué canción es cual. Entre unos cuantos berreamos las melodías mediante silabas inconexas, que si lololo, que si lalala… La diversión en los conciertos de Dwayer y su psicodelia suprema tiene el fin cuando cada uno quiera. Acabo yendo a descansar junto a una columna, pero enseguida vuelven a la carga y todos estamos dando bandazos en el centro. Thee Oh Sees se sacan el sobresaliente a cualquiera que preguntes, y eso que se hace corto.

Thee Oh Sees - Fotografía Blue Indigo Studio
Thee Oh Sees – Fotografía Blue Indigo Studio

Tras un descanso reparador, vemos que tocan los chavales de Radioactivity. Intercalan canciones de sus dos primeros y únicos discos: Silent Alarm y S/T (Dirty Nap). Tienen un sonido punk tan depurado clásico que hasta parecen unos sesentones. Letras tristonas y desangeladas. Casi siento el dolorcete que emanan. Pero no rollo emo, sino como de nostalgia y rabia a la vez. Los punteos acelerados y las melodías de Pretty girl y Silent me hacen cerrar los ojos, como si no hubiera vivido hace tres cuartos de hora la tercera mundial en mis brazos. Estoy sonriendo y moviendo la cabeza con más ritmo que un reloj suizo. Esto se está acabando pero lo tengo todo bien guardado en la retina.

Me despisto y me pierdo a Terbutalina. Deuda pendiente. Pero había que acabar la noche por todo lo alto, y nos fuimos a celebrar por todos lados el simple hecho de que nos lo habíamos pasado pipa. El resto es una historia que no se debe contar, pero que quedará en nuestros corazones (y en nuestras agujetas).

Al Fuzzville 2016 solo podemos desearle que en 2017 siga creciendo y haciéndolo tan jodidamente bien. Que nos sigan encandilando. Por favor.

Texto: Mario L. Amigo

Fotografía: Blue Indigo Studio

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